Pasarlopiola - 10 Sombras en la noche...
 
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Hola soy L aca dejo estos relatos de terror para que no les sea necesario descargarlo y espero que lo disfruten Muajajaja...

Diez Sombras en la Noche


Aproximadamente lectura de libro completo: 2 Horas de lectura...
Diez Sombras en la Noche - Iván de los Ángeles


Un hombre normal que ve su vida destrozada por el tormento de un ente de inframundo. Un cine maldito. Una muchacha a la que le gusta demasiado el peligro. Una espiritista que cree conocerlo todo... excepto el foco de sus pesadillas. Dos primos incautos que se adentran en lo más profundo de las entrañas de lo desconocido, del terror oculto tras el inocente manto de árboles en un huerto...

Fantasmas, asesinos, alienígenas, demonios, monstruos, magia negra... diez historias de terror que reúnen todas las variantes de este popular género, reunidas para aparecerse en tus pesadillas. Atrévete a adentrarte en las profundidades de lo insondable, a romper el sello maldito del miedo y abrir las puertas a lo paranormal...

Acerca del Autor

Iván de los Ángeles conocido en escalofrio.com con el pseudónimo de Tvirus durante cuatro años ha aterrorizado a nuestros lectores con algunas de las historias mas escalofriantes publicadas en la sección de relatos de la web.

"Diez Sombras en la Noche" es una recopilación de sus diez mejores trabajos, algunos publicados previamente en nuestra web y otros inéditos. No puedo mas que recomendaros su lectura y alentaros a comprar su libro, el cual por cierto no podría ser más económico (para españa) pues tan solo cuesta 8 euros.

Ilustración de portada: Álvaro San Juan Muñoz

Diseño de portada: Iván de los Ángeles Company & Janna Bello García
Asistentes en revisión y corrección:
-Janna Bello García
-Jaume Moreso Mallofré
-Iria Tuñas Pernas
-Alejandro López Fernández
-Felipe Martín Martín
-Javier Bueno
Imaginería adicional:
-Iván de los Ángeles Company
-Jaume Moreso Mallofré
-Janna Bello García
-Imágenes libres
Edición: Bubok Publishing S.L.
Esta obra está protegida por copyright. Cualquier difusión de la
misma (sea parcial o completa), salvo con fines lucrativos, será
permitida siempre que se acredite a su autor original. Número de
registro: V-1692-09


SOMBRA 1 – El Individuo pág 5
SOMBRA 2 – La Sala de Cine pág 17
SOMBRA 3 – Almas sin Ley pág 21
SOMBRA 4 – El Despertar de Duathotep pág 27
SOMBRA 5 – Invocación Equivocada pág 33
SOMBRA 6 – Feliz Cumpleaños, Zafiro pág 43
SOMBRA 7 – Necro pág 47
SOMBRA 8 – Perpendicular pág 71
SOMBRA 9 – La Espiritista pág 87
SOMBRA 10 – El sujeto pág 101

pagina: 4
Breve Prólogo: EL MIEDO
El miedo. Lo sientes en los momentos más inesperados... surge
de tu psique, te atrapa, te absorbe, te infecta.
En los momentos de soledad, acechando en la oscuridad, te
acompaña. Figuras de otro mundo que surgen de tu mente sin
motivo aparente. Temores sin fundamento que te inundan el
pensamiento.
El nido de la demencia, la causa de la violencia, te atrapa, te
absorbe, te infecta como un virus que sólo vive dentro de tu
cabeza.
Es el miedo.
Te acompaña.
Te sigue.
Te perturba.
Te inunda.
Te mata.

Iván de los Ángeles Company, 2004 (adaptación)

I – El Individuo
__________________________________________________________________________
Todavía tiemblo al recordarlo. Fue el hecho que marcó mi
vida, aunque, ¿quién se atrevería a considerar un verdadero
hecho, a algo así? Ni siquiera mi propia mente podía, hasta que
ahora, por fin, me he habituado a mi desgracia. Finalmente, he
asumido que el poco tiempo que me queda de vida está marcado
por el terror y la confusión, y he decidido escribir estas líneas.
Sirvan éstas de fiel testimonio a lo ocurrido en mis últimos tiempos;
dejaré que el papel cuente lo que yo nunca me atreví a contar.

Yo era un buen hombre. Al menos, eso es lo que creo... nunca
tuve problemas serios con nadie. Era soltero, un feliz solterón
disfrutando de su primer trabajo y con el privilegio de poseer la
casa que anteriormente perteneció a mis padres. Unos cien metros
cuadrados para mí solo (dos plantas), lo cual era una maravilla
teniendo en cuenta el alto precio de la vivienda. Mi vida no
podía ir mejor, y lo único que echaba en falta en mi existencia
era encontrar el cariño de una mujer... Ah, ¡qué lejano veo ahora
todo esto!
Más de veinte años bajo los muros de esa casa, y nunca me
había ocurrido algo así. Nunca. De hecho, no había mayor escéptico
que yo en el mundo. Recuerdo que cuando era pequeño y
miraba con mi familia una película de terror, gustaba de gastarle
bromas pesadas a mi madre luego, antes de acostarnos. Nunca
fui un miedoso, y nunca creí en fantasmas así como en seres de
otros mundos, reencarnación, cielo o infierno. Repudiaba tanto
la religión como el tarot, o las ciencias ocultas.
¿Acaso es este horror un escarmiento a mi escepticismo?
¿Una macabra forma que tiene dios de castigarme? ¿Acaso ese...ser, me atormenta por pecados que cometí en alguna vida
anterior, o por puro placer? Supongo que nunca lo sabré. Lo
único de lo que tengo certeza es de que aquella fría noche de finales
de noviembre, yendo tarde a la cama después de ver una
buena película de aventuras, ocurrió.
No encendí la luz de las escaleras, como siempre hago. Considero
una pérdida de energía iluminar un camino que ya he realizado
miles de veces en mi vida: subir quince escalones, girar a
la izquierda, subir diez escalones. Es una escalera en la que te
flanquean dos gruesos muros en todo momento, con una pequeña
ventana translúcida en su segundo tramo, y subirla con
seguridad era tan fácil como el andar mismo. Hoy en día, eso sí,
no dejo de preguntarme si algo hubiera cambiado si la sagrada
luminosidad me hubiera arropado en mi camino hacia arriba...
Subí los primeros quince, giré hacia mi izquierda, y mecánicamente
empecé a subir los otros diez. No llevaba ni tres cuando
lo vi: alguien empezaba a abrir la puerta del cuarto de baño de
arriba, situado justo al frente del fin de aquellas oscuras escaleras.
No podría decir muy bien cual fue el primer pensamiento
que me asaltó, pero sí tenía algo muy claro: no había absolutamente
nadie en mi casa. Estaba solo. Mi siguiente pensamiento
fue ¿qué haría un ladrón en un cuarto de baño? Instantes más
tarde, al ver asomar aquella mano, supe que aquello simplemente no podía ser normal.
Aquella mano, blanca y huesuda, desafiaba los límites de lo
grotesco. Como si de un muerto saliendo de su ataúd se tratara,
quienquiera que fuera su dueño fue arrastrando su brazo hacia
afuera poco a poco, abriendo suavemente el hueco de la puerta a
su paso. En la negrura reinante, apenas nada se hubiera descubierto
bajo la tenue luz de la noche sin luna si no fuera por la
extrema blancura que emanaba aquella extremidad, aquel trozo
de lo que parecía ser carne putrefacta en el umbral de su descomposición.
Conforme fue asomando más el cuerpo del macabro
individuo, pequeñas marcas de lo que parecían ser quemaduras
fueron percibiéndose en aquel pútrido brazo de inframundo,
cuyos repugnantes rasgos sólo se podían intuir en la
débil penumbra contra la que luchaba la pequeña ventana
circular de la escalera. Yo estaba totalmente paralizado, absolutamente
indefenso ante el terrorífico espectáculo que mis inocentes
sentidos estaban captando.
Y de repente, tras dejar este engendro al descubierto medio
torso sin pausa pero sin prisa, asomó la cabeza. Y lo hizo de la
forma más retorcida que uno pudiera imaginarse... porque
aquello, además de tratarse de un ser de apariencia demoníaca,
se revolvía con movimientos antinaturales, lentos, serpentinos,
inimaginables en un ser humano. Me es imposible relatar con
toda exactitud la forma macabra en que su horrible cráneo se
mostró, casi horizontal, mirándome con una expresión que no
olvidaré jamás. Su cuerpo deforme, torcido en una posición imposible,
bombardeaba mi concepción del mundo a cada instante
que pasaba, y sentía que el corazón me iba a estallar. Aquella
cara malévola, la pura imagen del terror, me miraba fijamente
con el par de vidriosos puntos negros que, supuestamente, eran
los ojos. Su aspecto facial era la máxima expresión de la
inmovilidad, una faz cadavérica y viva al mismo tiempo... viviendo
con el único objetivo de atormentar mi existencia.
Aquel individuo pareció detener al fin su lento y escalofriante
movimiento, clavando en mi su espantosa mirada. No llegaba a
ver sus piernas o su pubis; sólo parte del torso asomaba desde
detrás de la puerta, con el brazo derecho colgando descuidadamente
como si de un péndulo detenido se tratara. Cuando el
tambaleo corporal de aquel ser infernal cesó por completo, y yo
sentí tranquilizarme levemente (todo lo que se podría llegar a
tranquilizar alguien que mira a los ojos a lo paranormal), fue
cuando me sentí consciente, de nuevo, de mi propio organismo.
No me hizo falta pensar nada, sin embargo: mi primera reacción
fue correr, volver como un poseso hacia el primer piso de forma
que incluso me caí por las escaleras y me hice un considerable
esguince en el pie derecho. En su momento ni me di cuenta,
pues bastante trabajo tenía escapando de aquel horror como
para fijarme en una menudencia como aquella.
Aquella noche dormí en el salón. Sin pensarlo dos veces, arrimé
la mesa a un rincón, y usé mis dos sillones con tal de crear
una barricada infranqueable que me protegiera de cualquier peligro,
mientras intentaba conciliar el sueño acurrucado y temblando
de miedo allí debajo. Creo que no fue hasta el amanecer que
logré dormir, pues tras un par de horas de tensión ahí metido,
intentando digerir a duras penas la monstruosidad que acababa
de presenciar, empecé a escucharlo. El sonido que, desde ese
día, me atormentaría en mis pesadillas noche tras noche.
 
 
Era el fuerte sonido de un soplete en funcionamiento. Y también
era alguien gritando. Normalmente uno en el mundo real,
normal, discriminaría entre estos dos sonidos con facilidad. Pero
la calamidad que mis deshechos sentidos captaron aquella noche
desafiaba todos los límites de lo natural: eran dos terribles
sensaciones auditivas captadas como un único sonido. Un único
y enloquecedor sonido.
Y lo peor era, es, que no lo escucho procedente del exterior,
sino de dentro mismo de mi cabeza.
Cuando desperté, quise creer que todo había sido un mal
sueño. Cautelosamente, retiré con algo de esfuerzo uno de los sillones
que servía de pared a mi estrecho e improvisado refugio.
La luz del Sol irrumpió a borbotones en mi oscurecida retina, y
supuse que era ya mediodía. Con pesar, descubrí que hasta el
más mínimo movimiento de mi pie derecho me causaba un
molesto sufrimiento.
Observé con una mirada rápida y asustada los alrededores
del iluminadísimo salón de mi casa (con la cocina integrada) y no
pude evitar sentir un gran alivio. No es que creyera que la horrible
experiencia vivida anoche fuera una simple alucinación sugestiva,
o un mal sueño. Pero intentaba hacerlo, y casi lo conseguí.
Casi. Porque, atónito, me fijé en que aquel rostro infernal me
estaba mirando en silencio desde dentro del mismísimo horno de
mi cocina. Estupefacto, permanecí más de cinco minutos aún en
el suelo, con mi temblorosa mirada fija en el cadavérico rostro de
aquel ser a través de la pequeña ventana transparente. Si ya era
imposible que aquello hubiera entrado en mi casa, si ya era
imposible que emitiera aquel desgarrador sonido de ultratumba,
aún lo era más el hecho de meter su cabeza ahí dentro y seguir
mirándome, atento pero inerte, con una tensa inmovilidad que
me congelaba la sangre.
Me debatí entre volver a mi pésimo refugio con el rabo entre
las piernas, intentar escapar a trompicones de mi casa, o enfrentarme
a aquel engendro antinatural de alguna forma. Finalmente,
levemente habituado al horror de aquella mirada, decidí ser
valiente y coger la escoba que siempre mantengo en el pequeño armario de los trastos, muy cerca de mi posición. Armado con
ella y con nervios de acero, me acerqué poco a poco a la zona de
la cocina... eran sólo dos metros, pero el terror me hizo percibir
aquella distancia como gigantesca a medida que me iba aproximando
lenta y torpemente, arrastrándome por el suelo. Posteriormente,
no me atreví a acercarme a menos de un metro del
horno. Aquella cosa, antes observada de lejos, horrorizaba incluso
más viéndola desde tan cerca. Evité como pude tener que
dirigir mi vista hacia aquella grotesca cabeza sin cuerpo y,
armado de valor, usé mi escoba para girar el termostato del
pirolítico, y ponerlo a doscientos ochenta grados. Al conseguir
realizar mi hazaña, me levanté como pude y me retiré de allí
cojeando lo más rápido que mi cuerpo me permitía. Pronto me
cuestioné si realmente había hecho lo correcto, pues el tenebroso
sonido híbrido que tanto me atormentó anoche volvió a resonar
en mi cabeza como el traqueteo de un martillo hidráulico.
No dudé un segundo en ir a abrir la puerta de mi casa y huir
de allí. Contra toda expectativa, el atormentador sonido del horrible
grito fusionado con fuego de un soplete era cada vez más
potente en mi cabeza, como si me estuviera acercando a aquel
individuo en vez de alejándome. Creí enloquecer.
Sin acordarme siquiera de mi doloroso esguince, pulsé el
botón de apertura del garaje y me saqué las llaves del coche del
bolsillo de mi pantalón. A los pocos segundos, ya me encontraba
en el asiento del conductor y desafiando los límites de mi maltrecho
cuerpo al apretar el acelerador del vehículo con mi pie herido.
El sonido era cada vez más fuerte, más insoportable, y me
impedía pensar en otra cosa que no fuera en quitármelo de mis
sentidos, extirparlo de mi ser como fuera. Aceleré rápidamente y
salí hacia la carretera nacional tan rápido como pude, sin ni
siquiera cerrar la puerta del garaje tras de mi.
No me atrevería a aventurar la cantidad de kilómetros que
recorrí enloquecido, adelantando temerariamente a todos con mi
flamante Audi gris. El sonido se mantenía constante, eso era la
único que sabía. Al poco rato, mis sentidos me alertaron al notar
cómo un coche de policía me perseguía, pero lo peor fue cuando,
mirando por el retrovisor trasero, volví a verme cara a cara con
mi pesadilla.
Allí estaba aquel individuo, en el asiento central trasero de
mi propio coche. Tan inmóvil, mortecino, amenazante y terrorífico
como hacía sólo unos minutos, pero con dos detalles que
provocaron que mis esfínteres olvidaran su función allí mismo,
provocando que me orinara en los pantalones como un niño.
Su cara, antes blanca como la pared, ahora estaba abrasada.
Su boca, tan cerrada como siempre, emitía, a pesar de ello, el
chillido que me hacía perder el juicio.
El coche se salió de la carretera. Perdí el conocimiento. Me
desperté por la noche en un hospital, con el cuerpo totalmente
inmovilizado...
Y aquel individuo, observándome. Su cuerpo desnudo y esquelético
se inclinaba hacia abajo, hacia mi... mi cara. Fue lo
primero que vi tras abrir los ojos de nuevo. Su rostro, libre ahora
de todo signo de quemaduras, estaba fijo en mi a menos de un
palmo de distancia. Esa fue sólo la primera vez, tras la cual me
desmayé inmediatamente.
Quién iba a imaginar que, durante todo el tiempo que permanecería
en aquel hospital, curándome lentamente de mis heridas,
iba a verlo todos, todos los días. Su cara pegada a la mía me
daba la bienvenida cada vez que despertaba de mis tenebrosos
sueños, y el irritante sonido de ultratumba que me atormentaba
en mi cabeza volvía a mí cada noche, provocándome pesadillas
terribles e impidiendo que pudiera dormir bien una sola vez en
toda mi estancia. Mis incesantes gritos irracionales y delirios
nocturnos les sembraban a los médicos y enfermeras contínuas
dudas acerca de mi estado mental, y yo me sentía impotente.
Impotente porque no quería contarles nada. No quería ser un
loco más entre grilletes, no quería salir en esos hipócritas y
morbosos programas de radio acerca de sucesos paranormales...
quería seguir siendo, simplemente, una persona normal. Pero mi
vida no era normal, eso era algo que cada vez asumía con más
resignación. Fuera lo que fuera lo que me estaba ocurriendo,
tenía que haber una solución, y la encontraría por mí mismo.
Cuando vinieron a visitarme mis viejos padres desde la residencia,
se me partió el corazón... por mucho que intentara mantener
la calma, aquel repugnante individuo se me mostró tras ellos todo el tiempo que duró su visita. Como intentando volverme
loco, como si quisiera amargar mi existencia, aquel ser se
apareció inmóvil detrás de la posición de mis ancianos y tan queridos
padres impidiéndome centrar mi atención en aquello que
me estaban contando. Por mucho que lo intentara, la expresión
de mi rostro no podía ocultar ni el terror ni la ansiedad del momento.
El sudor me chorreaba por las mejillas. Mis sonrisas eran
asimétricas, falsas, forzadas, nerviosas. Algo que decía que aquel
engendro no iba a hacerle nada a mis padres, pero aún así nada
pudo evitar que los pobres se fueran a casa confusos y dolidos,
con el disgusto de ver una versión de su hijo que nunca deberían
haber observado. Una versión de su hijo que no les hacía caso
cuando hablaban, que no dejaba de temblar y sudar, desviar la
mirada, y responder todo el tiempo con monosílabos. Me odié a
mi mismo. Pasé llorando las tres horas siguientes a la visita,
libre, por una vez, de la tortura de aquel demonio sobre la tierra.
Tras unos días aprendí, a pesar de todo, a ignorar al individuo.
El tormento diario que sufría era el mismo, pero aprendí a
ocultar mis emociones: detener mis gritos y esforzarme en emplear
todos los recursos que me fueran necesarios con tal de que
aquellos malvados médicos no me tomaran por un loco y me
enviaran a la unidad de psiquiatría. Pareció funcionar. Un buen
día, sin embargo, cuando ya estaba casi recuperado, vinieron
mis padres a visitarme de nuevo. Rechacé la visita: el miedo me
podía.
Finalmente me dieron el alta tras una buena temporada, un
periodo de tiempo que ni yo mismo podría delimitar a ciencia
cierta. Puede que fueran seis semanas, o incluso tres; para mi,
que cada día vivía un infierno, aquello podrían haber sido perfectamente
un par de meses. Fueron los días más largos de mi vida,
los más terribles, los peores momentos de mi patética existencia.
Me desvinculé totalmente de mi familia: siempre rechacé sus
visitas; ni siquiera les escribí o contesté al móvil. No quería que
aquel engendro infernal se acercara a ellos, antes daría mi vida.
Volví a mi casa por mi propio pie para establecerme allí de
nuevo, y pronto me di cuenta de que se trataba de un craso
error. Mis tres noches allí fueron terribles, mucho peor aún de lo
que pasé en el hospital. En mi casa no había médicos que me
visitaran, no tenía pacientes al lado haciéndome compañía. En
mi casa, mi única compañía era la de una entidad más allá de la
realidad humana, un auténtico demonio destinado a hacerme
perder la cabeza en la soledad de aquellas cuatro paredes que
parecían ir cerrándose minuto a minuto como una apisonadora
sobre mí, llevándome a los brazos de la demencia. El hecho de
que aquello que hasta hace poco consideraba mi hogar hubiera
sido casi totalmente desvalijado por ladrones (maldita puerta del
garaje), no ayudaba en nada a mi permanencia allí.
Y así fue como mi existencia cayó en un pozo sin fondo, así
fue como sucumbió mi persona tal como siempre había sido y
me convertí en un mendigo más de mi ciudad, un sin techo con
techo, un alma en pena caminando perdido sobre la tierra. Dejé
de acudir a mi trabajo. Abandoné mi casa. Reuní todos mis
ahorros en metálico, y me dispuse a buscar cobijo entre la gente
durante las veinticuatro horas del día. En mí latía la seca esperanza
de alejar aquel monstruo de mi ser para siempre; aún creía
en la posibilidad de aburrirle, inhibir sus apariciones, que me
dejara vivir en paz. Si convertirme en un triste vagabundo era lo
que buscaba, si disfrutaba viéndome caer en la más baja miseria
imaginable, ya lo había conseguido.
Por unos días, la dicha me inundó al creer haber logrado mi
objetivo. Procuraba buscar siempre la compañía de la gente:
lugares transitados, aglomeraciones, barullo, muchedumbre,
multitud. Pasaba las noches acompañado de otros mendigos
cerca de la entrada de prostíbulos o clubs nocturnos, cualquier
lugar que me permitiera dormir tranquilo sabiendo que aquel engendro
se presentaría únicamente ante mi soledad. Conocí una
felicidad simple, pura, tan insignificante como la de un perro que
entierra un hueso, pero tan verdadera como lo era el ser consciente
de que mi vida, mi cordura, se encontraba de nuevo en
calma y a salvo. Poco importaba mi pésima situación actual, si
por lo menos me había librado de escuchar aquel terrible sonido
enloquecedor o contemplar el pútrido rostro del infame dueño de
mis pesadillas.
Poco duró mi nueva felicidad. Los aún tiernos planes de vida
que se gestaban en mi cabeza de nuevo, cayeron en coma profundo
al sucumbir otra vez ante el terror más puro que pueda
existir en un ser humano: el terror a lo desconocido, lo incontrolable,
el terror a lo que te atormenta sin razón, sin motivo, sin
sentido... al individuo.
Me desperté a medianoche, con el fuego y el grito sonando
atronadores, después de tanto tiempo, en mi cabeza. Mi mente,
al borde del colapso, se resistía a asimilar de nuevo aquello que
tan rápido quiso olvidar. Mis ojos se abrieron y lo vieron allí, hieráticamente
agachado, con esa mirada muerta que nunca cambió
ni iba a cambiar nunca. Frente a mi.
Me es imposible intentar determinar la cantidad de tiempo
que pasé así, estupefacto, frente hacia esa criatura del infierno,
mirándola como si de aquella aciaga primera vez en la escalera
se tratara.
No era la primera ocasión en que elegía aquel sitio para dormir,
y hasta ese momento no me había pasado nada. Y es que
aquel prostíbulo a las afueras de la ciudad era de los que más
clientes recibía cada noche... incluso entre semana. No podía
pasar ni media hora sin que alguien pasara por mi lado, me
mirara con expresión de lástima o asco, y tal vez me tirara una
moneda. Pero mi gran error, el que dio de nuevo un giro a mi
pavorosa existencia, fue no darme cuenta de que concretamente
esa noche era fin de año. Y nadie se toma las uvas con una puta.
Así empecé yo el año: ajeno a la felicidad de mi gente, mi ciudad,
mis amigos y conocidos. Muchos sabían ya de mi condición,
pero nunca dejé que se me acercaran. En ese momento, sufriendo
horrores que tal vez nadie más en el planeta podría comprender,
me arrepentí por vez primera de mi elección... de sufrir en
silencio mi desdicha, dejarme degradar lentamente por tormentos
sin sentido. Las fronteras entre el egoísmo y la valentía, lo
correcto y lo incorrecto, se desdibujaban en mi cabeza como retazos
de un cuadro abstracto surrealista.
Entonces fue cuando todo cambió. La inmovilidad de mi horror
se rompió al percibir un grito detrás de mi, uno humano, femenino,
natural, captado por mi sistema auditivo de forma tan
clara como el agua.
De la puerta trasera del club de alterne salió una prostituta
de color. Cuando me giré para verla observé su rostro descompuesto,
lleno de pavor, su boca ampliamente abierta profiriendo
gritos de pánico, su mirada fija en algo frente a mi. Su mirada
fija en el individuo.
Aquello destruyó mis esquemas mentales, y creó otros nuevos
a velocidad de vértigo. Ya no era el único que había visto al
individuo... por vez primera, supe con certeza que no estaba
loco. Alguien más había contemplado a aquel monstruo, eso era
seguro. Al fin había otra persona en el mundo que compartiera
mi experiencia, mitigara mi miedo, calmara mi soledad. Al fin
tenía un testigo, al fin podía lograr desahogarme, liberar la pesada
carga que arrastraba sobre mi, alguien con quien apoyarme y
relatar tan oscura realidad al resto del mundo.
Lo que después se sucedió ocurrió tan rápido que apenas
puedo evocar bien los detalles. Mi gozo estalló dentro de mi,
olvidé por completo al individuo y pude ignorar por completo el
sonido en mi cabeza: sólo pensé en aferrarme a aquella mujer, ir
con ella, no perder de vista lo que en aquellos momentos era mi
tesoro más preciado en el mundo, la luz de mi túnel de nauseabunda
desgracia, mi ángel salvador. Corrí hacia ella con un ansia
incontrolable. La pobre chica, asustada, echó a correr hacia
el enorme huerto de naranjos de las cercanías que rodeaba la
ciudad. Mi mente estaba demasiado drogada de emoción como
para ser lúcida, y no era consciente de que probablemente aquella
prostituta empezaba a temerme a mí casi tanto como a la
horrorosa visión paranormal que había tenido la desgracia de
observar. Corrimos, corrimos y corrimos. Mi cuerpo, antes esbelto
y atlético, estaba algo corroído por el hambre, la ausencia de
higiene y las incidencias del clima, pero aún así no tardé mucho
en alcanzar a la mujer. La tumbé violentamente al suelo en carrera
sin querer, y me puse a hablarle impulsivamente sobre
aquello que había visto, preguntando, gritándole como un subnormal,
entre la felicidad y la demencia, preguntas que la mente
de la prostituta tal vez no era capaz aún de entender.
Aquella pobre chica debió estar aterrorizada... y no la culpo.
Antes de que me diera cuenta, se sacó desesperadamente una
navaja del bolso. Antes de que me diera cuenta, me encontraba
forcejeando con ella, y clavándole su propia arma en el cuello por
accidente.
Antes de que me diera cuenta, su proxeneta nos descubrió,
llamó a la policía y fui arrestado por homicidio en primer grado. Y aquí me encuentro yo ahora: en prisión preventiva, a la
espera de mi triste juicio. Mi celda temporal es grande y fría, y
pronto se convertirá en mi lecho de muerte. Bendito sea el carcelero
que accedió a permitirme escribir estas líneas, pues en estos
momentos son mi único consuelo. El sonido en mi cabeza resuena
creciente, con más fuerza que nunca, luchando contra la profunda
habituación que he desarrollado con el paso del tiempo.
Ahora ya todo me da igual, y el pequeño pero largo y poderoso
cordón de mis botas de montaña será mi pasaporte a una ansiada
tranquilidad.
Miro, cauteloso, encima de mí. Hay una luz, una triste bombilla
surgiendo del techo desde dentro de una sencilla lámpara
metálica que creo que puede aguantar perfectamente mi raquítico
peso. He de actuar rápido, antes de que mi propio cerebro estalle
en pedazos a causa del insoportable volumen que va cobrando
ese infernal híbrido entre fuego y grito, antes de que me
vea conducido a la locura sin poder hacer nada por evitarlo,
sufriendo una cruel muerte cerebral por sobreestimulación auditiva
que ningún científico podrá explicarse jamás.
Sirvan estas líneas también de depositarias de mi última voluntad:
donar mi cuerpo a la ciencia. Soy consciente de que lo
me ocurrió en mis últimos tiempos de vida va contra cualquier
explicación lógica, es antinatural, irreal. Pero aún conservo la esperanza
de que todo sea una alucinación, un sueño sin salida,
algo que, aunque sea después de mi muerte, podrá purgarse de
mi sufrida carcasa de carne y hueso.
Oh dios... no sé qué diablos pretendo. En estos momentos
hubiera dado lo que fuera por no haber visto nunca a aquella
testigo de mi tormento. Ella fue también la prueba de que eso
es... real, es real de alguna forma, es una entidad existente en
un tiempo y un espacio. Y eso no me ayuda a morir tranquilo.
Oh, dios... tengo miedo. Mucho miedo. Papá, mamá, lo siento, lo
siento mucho.
Lo siento, lo siento, individuo. Siento todo el mal que pude
hacerte en otra vida, siento lo que sea que te haya hecho perseguirme
hasta el fin de mi existencia, siento el sufrimiento que
probablemente sentiste un lejano día, y siento no poder hacer
nada por mitigarlo. Ahora, totalmente abatido y resignado, poco me importa el odio, la rabia, el rencor. Sólo te pido una cosa,
individuo: no le hagas nada a mis seres queridos. Por favor.
Algo me dice que pronto acudirás, que vendrás a mirarme fijamente
a los ojos después de que ate mi cordón hecho soga a la
lámpara, me lo pase a con esfuerzo alrededor del cuello, deje caer
con parsimonia la única silla que aguantará mi peso. Algo me
dice, con absoluta certeza, que querrás estar ahí delante en el
mismo momento de mi muerte, que tu sonido me acompañará a
la tumba causándome dolores más allá de la percepción. Ya que
me he tenido que resignar a una vida cuyo final escapa totalmente
de mi control, sólo le puedo pedir una cosa a la muerte:
que me permita descansar en paz.
Firmado: Julián González Moreno, aquel
que se vio consumido por lo paranormal

II – La Sala de Cine

__________________________________________________________________________
Todos, seamos más o menos escépticos, lo sabemos, y ciertamente,
no debería pillarnos por sorpresa el hecho de que existan
ciertos lugares… especiales. Lugares siniestros, “malditos”, dirían algunos; lugares escalofriantes que tienden a ser abandonados y, más tarde, evitados por la gente. Casi siempre son sitios en que la muerte ha estado históricamente muy presente, o en que alguna vez se cometieron terribles atrocidades.
No me iré por las ramas, querido lector. Lo que pretendo es
explicarte la historia de uno de esos lugares, uno sin duda muy
especial. Situado a las afueras de un pequeño pueblo de Madrid,
inicialmente fue un rico caserón donde se alojaba una familia
noble, o eso dicen algunos. El tiempo y la connotación negativa
del horror que allí se vivió hace ya cientos de años, borraron por
completo de la memoria colectiva los sucesos que allí ocurrieron.
Siendo considerada sólo “una casa encantada más”, un avispado
empresario no dudó en adquirir el terreno por módico precio, y
reformar por completo el viejo caserón con tal de convertirlo en
un entrañable y modesto cine, a finales de los años sesenta: tres
salas en que se proyectarían las más exitosas películas unos meses
después de su estreno “en los mejores cines”, así como clásicos
inmortales.
Naturalmente, los escasos mil habitantes de aquel pequeño y
aislado pueblo se volvieron locos con la idea y las primeras semanas
llenaron casi todas las butacas. Pero, poco a poco, la población
comenzó a acostumbrarse, habituarse, en muchos casos
incluso a cansarse… hasta que por primera vez alguien entró a
una sala del cine sin compañía alguna, ya en 1971.
Se trataba de Juan, un universitario que pasaba los fines de
semana en la localidad haciendo compañía a su pobre y solitaria
madre. Por aquellas fechas eran fiestas del pueblo, y nadie se
acordaba ya del cine excepto él; ya que no conocía a nadie de su
edad por allí, prefería evadirse de todo viendo una buena película.
El chico, una vez en taquilla, sonrió en respuesta a la cara de
asombro que puso el dueño del cine nada más lo vio. Juan ya se
esperaba ser uno de los únicos “locos” que renegaba de la gran
fiesta que se estaba montando esa noche en el pueblo con verbena,
cenas populares y mucho alcohol.
-Deme una entrada para ______.
-Oh, así que ______. una gran película, si señor. ¿Vas solo?
-Así es. De todas formas, aquí no conozco a mucha gente.
-Bueno, aquí tienes muchacho, son ___ pesetas. Disfruta de la
película.
Juan pagó, cogió su entrada y entró al cine. Había tres puertas,
cada una con un número. Entró a la 3. La sala aún estaba
oscura, ya que faltaban como diez minutos para el comienzo de
la proyección. Sin pensárselo mucho, El joven eligió una de las
primeras filas y se acomodó en uno de los asientos. De repente,
escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Se giró y comprobó con
sorpresa que estaba totalmente abierta, pese a que él mismo la
cerró después de entrar. Lo encontró muy extraño, pero no le dio
mucha importancia y se volvió hacia la pantalla, que ya comenzaba
a proyectar la película. Mientras pasaban los créditos iniciales,
Juan volvió a oír la puerta de la sala. Se giró y lo que vio
le inquietó profundamente. Alcanzó a distinguir la silueta de una
niña pequeña, como de cinco años, entrando a la sala y cerrando
la puerta tras de sí. Lo que le impactó es que no distinguió ninguno
de los rasgos de la niña, es más, su silueta era incluso más
oscura que las paredes de la sala. Juan, aterrorizado, se volvió
otra vez hacia la pantalla, cerró los ojos, respiró hondo, y se levantó
de su asiento para inspeccionar más detenidamente el lugar.
No, definitivamente no había nadie allí aparte de él mismo.
Ya más aliviado, se concentró en seguir el interesante argumento
de aquel film de aventuras.
Una hora más tarde, Juan ya se había olvidado de la inquietante
niña y disfrutaba con la proyección. Pero, de repente, casi
le da un ataque al corazón: una mano le rozó su brazo izquierdo,
una mano pequeña, sin duda infantil. Había alguien sentado a
su lado. Juan quedó paralizado; sin poder mover ningún músculo
y no atreviéndose a averiguar quién estaba allí, se limitó a mirar
la película pero incapaz de concentrarse en ella. En cierto momento cercano al final del film donde no había música ni diálogos,
Juan escuchó una respiración a su lado. Una respiración
fuerte, agitada, casi diabólica, que no se correspondía de ninguna
forma con la de una niña. Sin poder aguantar más, el universitario
giró bruscamente la cabeza hacia su izquierda esperando
ver qué era aquello, aquella presencia que tanto le intrigaba.
Fuera, el taquillero se tomaba una cerveza tranquilamente
mientras escuchaba la radio. De repente, le pareció haber oído
un grito, un alarido horrible, infernal, inhumano, que le puso la
piel de gallina. Alarmado, cogió su linterna y fue corriendo a la
sala 3. Con el potente haz de su foco, inspeccionó cada rincón de
la sala mientras llamaba al que fue su único cliente aquella sesión.
Comenzaron a aparecer los créditos finales de la película, y
el taquillero no logró encontrar nada.
Juan fue buscado por la policía durante dos semanas sin
éxito alguno. El taquillero y propietario del cine, temeroso a quedarse
sin clientes o ser acusado de asesino, declaró que la última
vez que vio al joven fue cuando se marchaba hacia casa. Lo
que ya no pudo explicar tan bien el taquillero fue cuando, unos
cuantos meses más tarde, ocurrió exactamente el mismo suceso
con un anciano que acudió solitario a ver uno de sus western
favoritos... también en la tercera sala.
Casi dos años más tarde de la segunda desaparición, la gota
que colmó el vaso fue cuando, de nuevo durante fiestas del pueblo,
una pareja joven tuvo la ¿suerte? de disponer de la sala 3
del cine para ellos solos. La chica, que salió al baño en mitad de
la película, declaró a la policía que al volver no vio ni rastro de
su novio. Lo que si que observó, fue una misteriosa y siniestra
chiquilla de negro que se le cruzó en la puerta. No llegó a verle la
cara… y gracias a ello pudo conservar la vida.
El noviembre de 1973, el cine de aquel pequeño pueblo de
Madrid fue definitivamente cerrado, pasando a engordar de nuevo
la lista de lugares malditos, abandonados y rechazados que
hay en el mundo. Su propietario, en un injusto acto de la dudosa
justicia franquista, fue calificado como presunto asesino por la
policía y, más tarde, recluido en un manicomnio cuando el
hombre, al fin, se decidió a contar la extravagante verdad de los
hechos que vivió. Desde aquel momento, el taquillero fue atormentado noche tras noche en sueños delirantes por cada uno de los tres inocentes que desaparecieron sin dejar rastro en la sala
3 de su cine… hasta su muerte. Sin ninguna razón en concreto,
sin ningún motivo más allá de ser el inocente morador de un
sitio que no debió pisar jamás.
Un cine que nunca debió haberse establecido en aquel lugar
maldito. Un cine que, más que traer diversión y felicidad de los
vecinos del pueblo, lo que hizo fue revivir y nutrir una maldición,
potenciar el macabro poder sobrenatural que, algún día, de aquí
a un par de cientos de años tal vez, volverá a alimentarse de escépticas e ingenuas gentes que profanarán, por insensatez ignorancia, sus siniestros metros cuadrados de terreno marcado
por la muerte.
 
III – Almas sin Ley
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Un flamante deportivo rojo cruzaba rápidamente la solitaria
carretera, como una saeta envuelta en fuego. El coche, un Ford
Mustang de finales de los sesenta, carecía de capota no de serie,
sino por un simple trabajo manual de su propietario.
Las áridas y desiertas llanuras del sureste americano eran
testigos de la alegría de tres jóvenes, de la felicidad por vivir, y
hacerlo deprisa, sin miedos. Sin preocupación o responsabilidad
alguna, los tres amigos disfrutaban mientras el viento les azotaba
la cara y sus pasos se guiaban, casi por el azar, hacia un
nuevo destino. Un chico rubio conducía: un fornido joven con un
abundante pero no muy largo pelo rubio cuidadosamente engominado,
peinado hacia atrás. Las formas de su rostro y cuerpo
desprendían una extraña mezcla entre elegancia y dureza, entre
Cary Grant y Arnold Schwarzenegger. Detrás suyo, su amigo de
toda la vida: se trataba de un joven mucho más enclenque, con
la cabeza rapada al 1, y también bastante más alto que su compañero.
En el asiento del copiloto había una chica: una muchacha
de rubios cabellos, varios años más joven que los otros dos
pasajeros. Su larga melena al viento y gafas de sol tapando parcialmente
su bello y sensual rostro evocaban la escena de un
joven sueño americano: era simplemente la imagen de la libertad.
Conforme el viento golpeaba con más fuerza el rostro de la
muchacha, iba subiendo su excitación. Estallaba en gozo. Las
miradas de complicidad con el conductor eran constantes y ella
iba riendo más y más como presa de una diversión casi rozando
la locura. Se le escapó arrastrado por el viento el pañuelo rosado
con lunares rojos que llevaba atado al cuello. Pero a la chica no
le importaba: se reía tanto, que incluso contagió al joven calvo del asiento de atrás, conocido por el conductor como uno de los
hombres con menos tendencia a la carcajada que había visto.
La muchacha se divertía. Mucho. Pero ignoraba que sería su
última vez.
El sol se puso. Tras unas horas sus tímidos rayos, filtrados
por la casi desnuda ventana de aquella calurosa habitación de
albergue, despertaron a la joven Mary. Tardó unos instantes en
recordar dónde estaba, y cuando lo hizo miró a su lado, sonriente.
Allí estaba Nick, aún durmiendo en aquella cómoda cama,
junto a ella. Otro día más juntos, otra mañana más sus dos melenas
rubias se fusionaban en una sobre la almohada. Otra
mañana más, lo despertaría abrazando calurosamente su fornido
cuerpo, besándole, hablándole al oído.
-Despiértate, cariño.
-Huumm... déjame...
-Vaaa hombre, despierta –Mary sonreía tiernamente, abrazando
más fuerte a su pareja-
-¿Qué hora es?
-Las diez. Recuerda que nuestra reserva es hasta las doce, hemos
de ir recogiendo.
-Oh, bueno. –Nick se levantó entonces rápidamente, alejando
la pereza de sí-
-Nos íbamos ya de Casa Grande, ¿verdad?
-Por supuesto, pajarito. –Nick se empezó a poner rápidamente
sus tejanos, alegremente- ¿No te vistes?
-Jo, Nick, no me quiero ir tan pronto de aquí. Esta ciudad me
gusta...
-Pajarito, ya sabes lo que hay. Llevas casi una semana viajando
por Arkansas con nosotros, ¿No te encantaba eso de visitar
una ciudad cada vez? –Nick sonrió a su chica, y ésta le devolvió
el gesto- Hemos de llegar a Utah, ya sabes.
-Claro cariño, es sólo que... no sé, estoy un poco cansada de
viajar continuamente, día a día. ¿No crees que estaría bien quedarnos
de vez en cuando en algún sitio unos días?
-Pajarito, esto no es sólo cosa mía. También Jason comparte
mi modo de vida. Los dos acordamos no separarnos nunca, comprende que debamos seguir viajando...
-Je... sin duda eso es lo que me atrajo de ti, cariño. Vives al
límite el presente, sigues el carpe diem al pie de la letra. Tranquilo
cariño, nunca te abandonaré. Eso sí, ¿Cómo es que nunca
os detenéis más de un día en el mismo sitio? ¿No os cansáis un
poco a veces? ¿No tenéis miedo de que se os acabe el dinero de la
herencia de tu padre?
-Eso, pajarito, -Nick sonrió una vez más- lo comprenderás tú
misma en muy poco tiempo. Aún has de conocerme mejor. Créeme
que lo vas a pasar de cine conmigo, nena.
-Oouh, Nick. –la muchacha se levantó de un salto y fue a besar
apasionadamente a su amante-
-¡Eh, pareja! –alguien hablaba, pegando golpes al otro lado de
la puerta- ¡Que es para hoy!
Desde detrás de la puerta, Jason metía prisa. Resignados,
Nick y Mary recogieron su ligero equipaje y bajaron con intención
de coger su Ford Mustang y aventurarse por las rectas y
solitarias carreteras que les separaban de su próximo destino.
Mary se sentía muy dichosa. Por fin aparecía un hombre de
verdad en su vida, alguien con quien poder escaparse aprovechando
su recién estrenada mayoría de edad. Sus padres, devotamente
religiosos y demasiado conservadores, convertían su
vida en un infierno. Ella quería ser una chica liberada, una barbie
girl. Quería ser el tipo de chica de la que hablaban las canciones
de Abba o Madonna. No aspiraba a nada más en la vida.
Conforme el viento golpeaba con más fuerza el rostro de
Mary, iba subiendo su excitación. Estallaba en gozo. Las miradas
de complicidad con el conductor eran constantes y ella iba riendo
más y más, como presa de una diversión casi rozando la locura.
Se le escapó arrastrado por el viento el pañuelo rosado con
lunares rojos que llevaba atado al cuello. Pero a la chica no le
importaba: se reía tanto, que incluso contagió al joven calvo del
asiento de atrás, conocido por Nick como uno de los hombres
con menos tendencia a la carcajada que había visto.
La razón de su risa maliciosa, era que Nick había avistado a
un par de personas a lo lejos, haciendo autostop. “Ya verás, pajarito,
vamos a darles un susto de muerte”, fue lo que éste le dijo a la muchacha, mientras aceleraba al máximo el coche. A Mary
le excitaba esa sensación de superioridad, el hecho de pasar a
escasa distancia de aquellos pobres diablos a toda máquina,
mofarse en su cara. Poder restregarle al fin a alguien su engreída
juventud, su libertad, su goce... causar envidia por una vez, en
vez de ser víctima de ella. Pero, lo que ocurrió luego no era precisamente
lo que la chica esperaba.
Instantes más tarde, el Ford Mustang se encontraba sobre la
pura superficie desértica, fuera de la carretera, a casi diez metros
del arcén. El otrora radiante deportivo estaba ahora abollado
y polvoriento en posición vertical, apoyado en su lado izquierdo,
con el conductor y su copiloto visiblemente inconscientes y aún
sujetos por el cinturón de seguridad.
Tuvieron que pasar unos cinco minutos más hasta que un
coche pasó por el lugar del siniestro y advirtió, horrorizado, la
escena. Sin pensarlo dos veces, el buen samaritano que conducía
aquel Chevrolet azul acudió al rescate de las víctimas; con
cuidado de no tocar demasiado el coche, (no fuera que metiera la
pata y aplastara a la pobre pareja debajo de él), retiró las sujeciones
de ambos accidentados y los tendió en el suelo. El conductor
del Chevrolet reparó entonces en dos cadáveres terriblemente
desmejorados localizados a escasos metros del coche siniestrado,
que mostraban evidentes signos de haber sido atropellados.
Después de comprobar consternado sus nulas constantes
vitales, volvió allí donde había dejado a los muchachos y esperó
sentado un corto periodo de tiempo, tras verificar que los jóvenes
no sufrían heridas graves y respiraban con normalidad.
Volvieron en sí casi a la vez, pero la chica primero. Desconcertada,
se medio incorporó sobre el polvoriento terreno y, cegada
por el sol de la mañana, intentó mirar algo a su alrededor,
confusamente. Sus ojos se posaron, interrogantes, sobre el que
había sido su salvador.
-¿Se encuentra usted bien, señorita? –preguntó afablemente el
hombre-
Mary no respondió. Desvió la mirada de su interlocutor y la
mantuvo unos segundos en el infinito, con el rostro petrificado, sus ojos acostumbrándose a la luminosidad y su cerebro recordando
los tan recientes hechos que acababa de sufrir. No tardó
en recobrar plenamente el sentido y fijarse aterrorizada en los
cadáveres que yacían a escasa distancia de ellos.
-Oh, dios... dios... Nick... ¡Les hemos matado! –la muchacha no
dejaba de mirar febrilmente a los autostopistas atropellados,
mientras sacudía a su amado- ¡Les hemos matado! Nick, dios
mío, ¿¡Qué hemos hecho!? ¡Somos unos asesinos!
-Cálmate pajarito, todo va según lo planeado.
El pobre hombre que acababa de ayudar a la pareja escuchó
confundido las palabras del joven rubio, el cual parecía que despertó
de repente. A los pocos segundos, Jason asomaba desde la
parte inferior (que, dada la posición del automóvil en ese momento,
pasó a ser derecha) del coche, arrastrándose hacia fuera
y visiblemente herido, aunque al parecer leve. El conductor del
Chevrolet le observó con misericordia, culpándose por no haber
reparado antes en él, al mismo tiempo que preguntándose por
qué habría permanecido escondido y en silencio en un lugar tan
peligroso como ese. Se dirigió presto a ayudarle, hasta que reparó,
patidifuso, en que estaba empuñando un revólver mágnum
de calibre 38.
Con una sonrisa torcida en la cara, Jason apuntó al incrédulo
hombre altruista en la cabeza, y apretó el gatillo. Un sonido
atronador se escuchó a kilómetros de distancia a través del desierto,
tras el cual la víctima del disparo cayó al suelo de espaldas
con expresión de pánico. Mary gritó. Nick, impasible, se levantó
sin esfuerzo del suelo, como quien hubiera estado fingiendo
el desmayo en vez de sufrirlo de verdad.
-¡¡Oh dios mío!! Nick, ¡¡Jason se ha vuelto loco!! ¡¡Acaba de
matarle!! ¡¡Oh dios mío!! –Mary, nerviosa y asustada, gimoteaba
sentada aparatosamente en el suelo, sin entender nada-
Su pareja no la escuchó; estaba demasiado ocupado registrando
el fresco y reciente cadáver, en busca de su cartera. Mary
en ese momento al fin lo comprendió todo. Comprendió que simplemente
se había enamorado de un asesino, del último hombre
que hubiera deseado conocer en la vida. Supo que había despreciado
y abandonado su existencia anterior para sumarse a un
grupo de psicópatas en su impulsiva búsqueda de la felicidad.
Decepcionada, pero ante todo terriblemente aterrorizada, se levantó todo lo rápido que pudo y salió corriendo pavorosamente hacia el Chevrolet azul del ya cadáver buen samaritano. Cuando
aún le faltaban un par de metros, todo su cuerpo se desplomó
hacia adelante y cayó al suelo con violencia. Pasó toda su vida
ante sus ojos durante un mero segundo, tras el cual dedicó su
último instante a recordar, afligida, a sus padres. De sus rubios
cabellos empezó a manar una fuente de sangre, y de sus ojos
azules una lágrima fugaz.
En el lugar del siniestro Nick aún empuñaba el revólver humeante
en su mano derecha, mientras que su mano izquierda
jugueteaba con las llaves del Chevrolet que pretendía usar Mary
para escapar.
-Bueno, Jason, parece que sigo sin gustar mucho a las chicas.
–Nick devolvió el revólver a su amigo, que contemplaba la escena
a su lado, aparatosamente erguido-
-Sí Nick, definitivamente el mundo no nos comprende. Tendrás
que buscarte otro pajarito, je je je.
Los fugitivos registraron rápidamente los tres cadáveres cuya
cartera aún no estaba en sus manos. Después de contar su botín
(sesenta dólares, mas tarjetas de crédito), se dirigieron al automóvil
azul aún aparcado magníficamente en el arcén de la larga
carretera, entre risas de satisfacción. Subieron al flamante coche,
arrancaron el motor y emprendieron una vez más su viaje
sin fin, sin destino...
IV – El Despertar de Duathotep
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Mensaje procesado. Modelo del interceptor: L.E.K.T.O.R
2056 Módulo traductor utilizado: SONY TG600 modelo
SIGMA

Lo que os voy a narrar a continuación, queridos compañeros,
escapa a toda lógica, lo sé. Sé que rompe cualquier esquema
científico que nos hayamos creado acerca de la realidad en el
planeta Tierra a lo largo de todos estos años, sé que es profundamente
difícil de creer. A decir verdad, si no fuera porque yo mismo
dispongo de pruebas audiovisuales de los asombrosos hechos
que viví en las entrañas de Egipto, tal vez la indefensión me
superaría y me vería incapaz de intentar transmitiros este mensaje
desesperado. Por el bien de nuestra especie y de la conciencia
de realidad detrás de lo oculto, leed cuidadosamente la crónica
de los hechos que viví tras perseguir una nave espacial del
ejército humano hasta el planeta azul.
Quién iba a imaginar que un humano acabaría estrellando
su nave, desesperado, contra una edificación histórica de valor
incalculable en su propio planeta, en esa curiosa región que ellos
llaman “Egipto”. Quién iba a imaginar que nuestro KGF8#675
acabado de salir del taller quedaría tan atrás en la persecución,
y finalmente caería de forma miserable en el aparatoso boquete
creado por nuestra presa, viéndose arrastrado por la inercia.
Precipitándonos sin control precedidos por la nave enemiga,
caímos durante tanto tiempo que me sentí confuso. Nos constaba
que las pirámides eran altas, muy altas, pero no que fuera
normal encontrar profundos pasadizos subterráneos bajo ellas,
más aún que su propia altura desde el suelo. El primitivo pero
enorme mastodonte de los humanos atravesaba capa a capa la piedra sin apenas inmutarse, convertido en un amasijo de hierro
candente cual meteorito, y nuestra nave no tardó en colisionar
con su parte trasera potenciando aún más la fuerza taladradora.
Los humanos son algo sorprendente. Nunca hubiera apostado
por su supervivencia tras semejante impacto de la nave destrozada,
pero de alguna u otra manera consiguieron salvarse los
suficientes como para causar problemas. Apenas unos segundos
tras el choque, tanto nosotros como ellos salimos lo más deprisa
que pudimos al exterior de nuestros vehículos completamente
inutilizados, empuñando nuestros rifles de combate. Libramos
una guerra a pequeña escala allí mismo, sin apenas percatarnos
del asombroso panorama que se mostraba a nuestro alrededor
más allá del profundo manto de oscuridad, ignorado por nuestros
visores térmicos y linternas. Sin duda era la sala más enorme
y espaciosa que estos tres ojos hayan visto jamás, en ninguno
de los numerosos planetas que mi especie ha colonizado. El
boquete en el techo, situado (siempre según los cálculos de mi
visor de combate), a 1,3 kilómetros de distancia del suelo, no
emitía un solo rayo de luz, y en cuanto a las cuatro paredes a
nuestro alrededor, la más lejana estaba situada a casi 3 kilómetros.
De hecho, intenté atisbarla en modo visión nocturna y lo
único que percibí fue un muro borroso.
La guerrilla se encrudecía a cada segundo que pasaba, y las
bajas en ambos bandos se contaban por decenas. Los ánimos
empezaban a decaer, pues por una parte los humanos sabían
que, aunque ganaran, acabarían pudriéndose en aquel solitario
agujero oscuro sin posibilidad alguna de escape; sus rudimentarios
sistemas de comunicaciones nunca podrían atravesar los
varios kilómetros de roca y arena que nos separaban del exterior.
Por otra parte, yo era consciente de que no debíamos llamar a
nuestros compañeros para que acudieran en nuestra ayuda,
pues yo y mi equipamiento de combate éramos demasiado poca
cosa como para que valiera la pena.
Se sucedió una tregua espontánea cuando apenas quedábamos
media docena de soldados en cada bando, y entonces fue
cuando sucedió lo “imposible”.
Bloques de roca se levantaron por toda la sala, miles de
bloques y muros formando todo tipo de edificaciones en cuestión
de milésimas de segundo. Era una locura. Una muralla surgió del suelo a pocos metros de nuestra posición, un enorme edificio
se alzó bajo la nave humana y la volcó como si nada, multitud de
lo que parecían viviendas surgía con parsimonia de la enorme
extensión de suelo a nuestro alrededor una a una, en sucesión.
Me sentí como un juguete, víctima de una nueva Creación a baja
escala perpetrada por un dios caprichoso. Tanto nosotros como
los humanos tuvimos la inmensa suerte de encontrarnos en una
región en cuya superficie no se levantó nada. Aunque, mirándolo
desde mi actual perspectiva, maldigo aquella supuesta suerte, y
desearía que todos, absolutamente todos, hubiéramos sufrido
una muerte rápida e indolora en ese momento... y es que ni a un
humano le desearía todo el sufrimiento que a continuación nos
sobrevino.
Olvidando por un momento nuestro enfrentamiento, todos
los allí presentes nos quedamos petrificados, impresionados por
todo lo que se había erguido a nuestro alrededor en un momento.
Anteriormente pensaba que los humanos estarían al corriente
de este tipo de acontecimientos y lugares, pero al ver su reacción
comprendí que la falta de información de los míos no se debía a
error o fuga alguna en nuestra base de datos, registro perfecto de
un meticuloso y prolongado estudio del pequeño planeta Tierra
iniciado casi dos mil años atrás.
El silenció duró aproximadamente cincuenta segundos, cincuenta
segundos de angustiosa soledad entre tinieblas. Más que
una ciudad neonata, aquello parecía un escalofriante pueblo fantasma
surgido de lo más profundo de las entrañas del misterio.
Tuve el acierto de analizar con mi visor aquellas estructuras, y
grande fue mi sorpresa al comprobar que sus materiales eran de
desconocido origen extraterrestre, datando el conjunto de miles
de años de antigüedad. Adjunto a mi mensaje el archivo original
encriptado con los detalles de la estructura.
Entonces aparecieron aquellas cosas, súbitamente, todas a
una. Escalofriantemente sincronizados, aquellos extraños seres
hicieron acto de presencia por miles, quizá millones, saliendo en
filas de cada una de las cuadradas y uniformes edificaciones que
hasta hacía un momento ni siquiera estaban ahí. Eran en cierto
modo similares a la especie humana en forma, pero sus movimientos
eran más propios de mis cyborgs de combate. Todo su
cuerpo estaba cubierto de piedra grisácea, no tenían rostro y su
tamaño era ligeramente superior al de los hombres. Hieráticos y solemnes, se dirigieron en masa hacia todos nosotros. Guardando
una distancia de varios metros, se colocaron en formación
quedando posteriormente inmóviles, como esperando la orden de
un superior antes de aniquilarnos a los pocos desgraciados que
allí habíamos, arrinconados contra la muralla que a tan poca
distancia de los míos se alzó hacía apenas unos minutos. La
escena era irreal: un ejército de miles de criaturas pétreas contra
apenas una veintena de soldados entre humanos, mi ejército
robótico y yo mismo.
De pronto, sin saber de dónde, salieron... Ellos. Era un grupo
reducido de lo que a primera vista parecían humanos, pero
tenían algo que escapaba a toda comprensión. Su... aura, por
llamarlo de alguna manera. El ejército de “pétreos” abrió paso de
forma perfectamente sincronizada a aquellos pocos individuos
que bien podrían haber sido considerados Dioses. Su cuerpo era
el de un hombre, sus ropas, propias del antiguo Egipto; sus caras...
¡sus caras!
Mi testimonio, el cual envío en archivo de vídeo adjunto a
este mensaje (de otra forma, ni mis hermanos serían capaces de
creerme) hará cambiar de forma radical la concepción de la historia
humana que tenemos actualmente. La cara de aquellos seres
no era la de un hombre, sino la de una esfinge. Y era (los
análisis de mi visor pueden corroborarlo) de carne y hueso. Real.
Ellos eran los Dioses del antiguo Egipto. Ellos edificaron los maravillosos
monumentos que fascinaron a mi pueblo ya desde el
descubrimiento del planeta azul, sirviéndose de su ejército de pétreos.
Ellos crearon sus propias tumbas destinadas a albergar su
manifestación mortal... lugares donde descansar tras la concepción
de su propia creación, el mismísimo nacimiento de la civilización
en la Tierra. Su presencia era embriagadora, capaz de
provocar en mi interior mezclas inusitadas de sensaciones como
la fascinación, el terror, la adoración y el rechazo. Juraría que
perceptivamente no eran más que figuras humanas de extraño
semblante, pero había algo... algo no explicable, que trascendía
más allá de todo aquello. Me siento ridículo intentando explicarlo,
y es que simplemente no hay explicación. Ellos eran Dioses,
Dioses verdaderos.
Los faraones nos hablaron, nos hablaron sin palabras. Nos
dijeron que habíamos mancillado su existencia, habíamos profanado
su tumba eterna e interrumpido su descanso. Desataron su ira contra los humanos sin mover un solo músculo o hacer
un solo movimiento. Simplemente, todos empezaron a arder lentamente
de forma espontánea, ante mis atónitos ojos y los de
mis cyborgs. Los humanos se retorcían poseídos por un dolor espantoso,
presos de llamas azuladas de aspecto tan sobrenatural
como la propia presencia de sus creadores. A través de sus gritos
de agonía, siguió la conversación dentro mismo de mi cabeza.
Yo fui considerado inocente de la profanación... no cabía en
mi asombro. Antes de saber si alegrarme o aterrorizarme, vi con
estupor como mi ejército se unía a los pétreos súbitamente, sin
ofrecer resistencia alguna. Sus cibernéticas miradas pasaron a
estar completamente vacías, como simples robots sin componente
biológico alguno, y ya no respondían a mis órdenes. Descorazonado,
miré al solemne grupo de faraones erguido con serenidad
frente a mi, en busca de explicaciones.
“Tomaremos tus artilugios como una ofrenda, criatura de las
estrellas. Ahora acepta nuestro ofrecimiento. Duerme en nuestro
lecho milenario, toma nuestro sitio ahora que hemos despertado y
el inquebrantable destino nos manda volver al exterior con la
divina misión de retomar lo que es nuestro. Salimos a recobrar el
control de la humanidad, y ahora Tú serás el guardián de la Santa
ciudad de Duathotep”
Tras escuchar las impactantes palabras del Dios, me desmayé
preso de algún extraño hechizo, y desperté hace escasos minutos.
Mi cuerpo está totalmente momificado, y mi sistema nervioso
se encuentra inmovilizado. La computadora interna de mi
sistema central detectó extrañas substancias corriendo por mi
interior antes de dejar de funcionar definitivamente. Antes de
perder los sentidos, pude darme cuenta de que estoy encerrado
en un... sarcófago. Fuera no se escuchaba nada, el silencio era el
más absoluto que he experimentado nunca.
Ahora mismo, sólo mi mente es operativa a duras penas, y
no se cuánto podré aguantar antes del colapso. Con un poco de
suerte, mi implante intracraneal Q787 y los archivos del disco
duro de mi visor me podrían ayudar a enviar este mi último
mensaje vía ondas WDH. Por favor, compañeros, aseguraos de
hacer llegar mi advertencia a nuestros líderes, si es que consigo
enviarla antes de que sea demasiado tarde.
 
La idea central de mi mensaje es clara: debemos abandonar
la conquista de la Tierra a toda costa. Se nos han adelantado.
V – Invocación Equivocada
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Este relato es un remake que cosecho mas de 15.000 visitas y mas de 150 comentarios en: www.escalofrio.com
(Fragmentos del diario personal del muchacho Juan José Díaz,
en custodia de la policía)
24 de enero 23:39
Hoy ha sido de nuevo un día gris. Julio no vino a clase, tampoco
esta vez. Me preocupa el estado de mi mejor amigo... sé que
estaba muy unido a su novia, y que es lógica y razonable su tristeza...
pero hace ya tres días que ni siquiera sale de su vivienda.
Ni siquiera se conecta a internet, no contesta a mis llamadas, le
pide a sus padres que no dejen pasar a nadie a su casa. Más de
una vez he pensado que quizás... no, no debo escribir esto aquí.
Julio jamás haría eso, no quedándole tanta gente que le quiere
en este mundo. Cuando se recupere de su profunda depresión,
todos los que le queremos le apoyaremos, y le ayudaremos a dejar
que el tiempo le borre poco a poco el profundo dolor de la
muerte de Verónica. Él se lo merece. Puede que suene un poco
cursi decir esto, pero al fin y al cabo este es mi diario íntimo y
personal: me siento muy triste yo también. Últimamente no tengo
ganas de nada. A Verónica no la conocía tanto, pero su pérdida
es la primera que me ha tocado de lleno en mi vida, directamente.
Una chica tan joven, tan buena... ella y Julio se veían tan
felices... ahora, mi mejor amigo es una sombra de lo que fue. Incluso
yo, que para nada he conocido el amor, comparto su dolor,
y más de una vez me reprimo intensas ganas de llorar por todo
esto. La vida no es justa... me cuesta asimilar que periodos de
tanta felicidad puedan venir seguidos de épocas de tan angustiosa pena.
25 de enero 23:21
Esta tarde ha sido, finalmente, el entierro de Verónica. Sus
tíos de Nueva Zelanda al fin llegaron y tuvo lugar una solemne
ceremonia de despedida. Hoy por fin pude ver a Julio tras tanto
tiempo, pero no me dirigió la palabra. No le guardo rencor, pues
tampoco hizo falta para nada. Mientras estábamos en la capilla
ardiente, esa mirada de profundo desasosiego me dijo todo acerca
de él aún sin hablar, y nos fundimos en un fuerte abrazo. El
momento en que estalló en un sollozo tímido, reprimido, que me
llegó a contagiar, no lo olvidaré nunca. Realmente, es en ese tipo
de situaciones donde sale a flote la verdadera amistad, la afiliación
y el apoyo entre la gente. Algo que normalmente nos hubiera
producido una intensa vergüenza fue visto como la manifestación
más sincera y humana de los sentimientos de una persona.
El género masculino aún tiene mucho que aprender del femenino,
es lo que pienso en este mismo instante.
El evento no tardó en finalizar: cuando a Verónica se le dio
sepultura en el cementerio del pueblo entre un inmenso un mar
de lágrimas sin precedentes. Realmente, fue un entierro verdaderamente
triste, algo que parte el alma. Una cosa son las muertes
de gente mayor, en parte esperadas, personas que han disfrutado
de una larga vida. Pero, ella... maldición, sólo tenía dieciséis
años. Desde el momento en que me enteré de su espantosa electrocución
accidental en la bañera, caí en un estado de incredulidad
que no pude disipar completamente hasta verla allí inmóvil,
fría como el hielo, en la capilla ardiente. A veces los jóvenes nos
olvidamos de que la muerte, aunque improbable, ronda continuamente
nuestras cabezas. Algo en mi ha expirado junto con
esa joven que, pese a no haber tenido mucho contacto conmigo,
sí me resultaba más próxima de lo que ahora hubiera deseado.
Siento que la infancia se ha ido de mi para siempre, que la luz de
la inocencia nunca brillará ya con tanta fuerza en mi interior.
27 de enero 23:58
Algo de luz al final del túnel, después de este domingo angustioso.
Hoy, Julio al fin se ha animado a venir a clase. Fue
muy emotiva su recibida por parte de todos los alumnos, algo
que no me esperaba para nada. Ante su inmensa desgracia, incluso aquellos con los que se llevaba terriblemente mal han sido
buenos con él. Pese a todo, eso sí, mi amigo se mostraba triste,
muy decaído, sin ánimo alguno de, aunque fuera, parecer feliz.
No habló con nadie más allá de un par de monosílabos, pero
en el patio me propuso algo que me dejó atónito, sin saber qué
decir. Aún ahora tengo escalofríos al recordarlo... sin duda, Julio
está muy afectado, demasiado. Espero sinceramente que se
olvide pronto de ese tipo de cavilaciones, pues sabe sobradamente
que no se debe de jugar con esas cosas... o eso espero. Se enfadó
mucho conmigo ante mi negativa, cosa que me causó una
gran aflicción... pero no me arrepiento de mi respuesta. Ni siquiera
voy a nombrar aquí aquello que me pidió, pues no quiero
ni pensar en ello.
(...)
28 de enero 23:06
(...)
Hoy me lo ha vuelto a pedir. Sí, de nuevo: parece que Julio
realmente quiere hacerlo. Tal como dije ayer, le respondí un rotundo
no. Sé que es mi mejor amigo, pero me está pidiendo algo
verdaderamente... ¿cómo llamarlo? Desagradable, incorrecto...
peligroso. Simplemente, no debemos ni siquiera pensar en esas
cosas. Julio ha vuelto a reaccionar muy mal a mi respuesta, y no
me ha querido hablar en todo el recreo. ¿Qué he hecho yo para
merecer esto, triste vida? Al verlo de vuelta en clase ayer, nunca
imaginé que mañana mismo me iba a sentir tan desdichado.
Siento que estoy perdiendo a mi mejor amigo por esta estupidez...
mi impotencia es infinita. Me gustaría poder hacer algo para
arreglar este absurdo asunto, pero de ninguna manera acceder
a lo que él me pide. ¿Acaso será eso posible? ¿Acaso no estoy,
realmente, fallando a mi mejor amigo justo en el momento
en que más me necesita?
29 de enero 23:26
Al final he tenido que hacerlo. Sí, he aceptado. Sé que es una
locura, pero yo soy la única persona a la que puede recurrir; voy
a ayudar a Julio a contactar con Verónica. Debe haber sido muy
duro para él perder a su primera y única amada, aquella con la
que pasó casi un año de profundo amor y felicidad. ¿Quién soy
yo para oponerme a tan fuerte deseo? ¿Quién soy yo para juzgar
el amor, si es esto correcto o incorrecto? Julio es el único amigo
de verdad que he tenido nunca y si es ese su deseo, yo voy a
apoyarle en lo que haga falta: esa es mi decisión. Sólo espero, espero
con toda mi alma, que lo que vayamos a hacer no sea un
error... he oído hablar mucho acerca del contacto con espíritus
del más allá, y casi nada de lo que he oído tiene la más mínima
pinta de ser positivo. Soy de la opinión de que no se debe jugar
con estas cosas, independientemente de si crees o no. Yo, personalmente,
no sabría decir si realmente creo o no en vida espiritual
más allá de la muerte. Tampoco tengo el más mínimo interés
en profundizar en ello, pues ese asunto me aterra. Pero, hay ocasiones
en que un hombre ha de mirar por encima de sí mismo,
ocasiones en que ha de demostrar que es capaz de ayudar sin
pedir nada a cambio, a aquellos que de verdad merecen su amistad.
Voy a asistir a Julio en lo que le haga falta... y que Dios nos
ayude.
30 de enero 23:13
Lo hemos hecho. Julio y yo hemos invocado a Verónica con
la ouija en su habitación... o al menos algo parecido.
Yo le insistí en hacerlo por el mediodía, nada más volviéramos
de clase, pero no me hizo caso. Afirma, convencido, que no
es otro que la noche el tiempo para los espíritus. Maldición, ¿pero
en qué clase de datos se basa este hombre, más allá de las típicas
películas de miedo? Por si no fuera poco haber sufrido tan
espantosa experiencia, ahora me veo totalmente incapacitado para
conciliar el sueño y muy seguramente las pesadillas invadirán
mi dormir intranquilo.
No ha habido nada especial en la... invocación. No, no nos se
nos ha manifestado absolutamente nada ni hemos sido presos
de ninguna “charla” intimidatoria mediante el tablero, y en parte es precisamente eso lo que me inquieta. Porque en realidad sí ha
habido algo, y estoy seguro de que no se trata de nada bueno.
Intentaré explicar el proceso lo mejor que pueda:
Una vez estábamos ya listos, con el tablero que el mismo Julio
compró el día anterior y un pequeño vaso puesto sobre él, reposamos
nuestros dedos índices sobre éste. Mi nerviosismo era
casi insoportable y se podría decir que lo mismo pasaba con mi
amigo... estábamos cruzando una puerta al misterio, a la incertidumbre,
lo inexplicable. Por un segundo, estuve tentado de retirarme
ahí mismo, negarme a seguir con aquella locura y volver a
casa... pero Julio nunca me lo perdonaría.
Tras concentrarnos profundamente y en silencio pensando
en el objetivo de nuestra llamada al más allá, nos miramos el
uno al otro. Éramos plenamente conscientes de lo que venía a
continuación. Cuando reunimos el valor, formulamos al unísono
una única pregunta, la cual ya habíamos pensado de antemano:
“¿Estás ahí, Verónica?”
Lentamente, movido por una firme fuerza desconocida, el
vaso en el que reposábamos nuestros dedos se deslizó por la madera
hasta la respuesta afirmativa y volvió al sitio. Ambos nos
quedamos de piedra. Tras unos segundos de tensión, Julio decidió
formular una segunda pregunta... y una tercera, cuarta; pero
no hubo respuesta alguna. Lo que normalmente nos hubiera relajado,
no lo hizo en absoluto. Porque, realmente, podría jurar
que en aquel momento, en aquel mismísimo lugar, había “algo”
en el ambiente. Algo terrible, que me causaba un profundo desasosiego.
A Julio no se le ocurría nada más que intentar, así que finalmente
lo dejamos correr. La pregunta era inevitable: “¿No fuiste
tú el que movió el vaso, verdad?”, nos cuestionamos el uno al
otro casi a la vez. Nuestro rostro, sumido en tensión y miedo,
nos reveló la respuesta sin que hicieran falta palabras.
¿Por qué, oh Dios mío? ¿Por qué sentimos ambos la misma
presencia maligna, angustiosa? ¿Por qué notamos una atmósfera
negativa tan cargada, tan terrible, si verdaderamente conseguimos
invocar a la dulce difunta novia de mi amigo? Cuando ambos
pusimos en común nuestra experiencia, casi nos sentimos
tentados a dormir juntos esta noche, poseídos por un miedo carente de toda razón. ¿Sugestión colectiva? Ojalá, querido diario,
ojalá. Esa, indudablemente, será mi única esperanza de cara
a intentar pernoctar hasta el día de mañana... me siento tentado
a trasnochar incluso, pero eso sería evidenciar la estúpida muestra
de orgullo varonil que impidió que Julio y yo nos apoyáramos
el uno en el otro en esta aciaga noche de angustia, de incertidumbre.
Sólo tengo clara una cosa: nunca más pienso volver a tocar
una ouija.
31 de enero 1:25
Esto no me gusta, no me gusta nada. Realmente no sé qué
clase de impulso febril me incita a escribir ahora estas líneas en
lugar de pedir auxilio, pero debo conservar la calma, la cabeza
fría. Debo plasmarlo aquí todo, absolutamente todo, a fin de luego
reírme de ello si así ha de ser. Porque lo que acaba de ocurrirme
es algo espantoso, extraño, tanto que no albergo en mi
interior plan de acción alguno con tal de afrontar esta nueva adversidad.
He de procurar objetivizarlo todo, no dejarme llevar por
las confabulaciones de un loco.
Hace como media hora, Julio me ha llamado al móvil. He
despertado sobresaltado de mi débil dormitar y he pulsado inmediatamente
el botón de recepción de llamada nada más he visto,
entre legañas, el nombre de mi mejor amigo. “¿Julio?” Fue todo
lo que he podido emitir por respuesta al descolgar el teléfono y
no escuchar nada al otro lado. Lo que ha ocurrido a continuación
es algo irreal, tan inexplicable que aún me niego a asumirlo
como un hecho. He oído, o me ha parecido oír, una voz de mujer
terriblemente distorsionada.
No me preguntes, querido diario, qué ha sido exactamente lo
que me ha dicho, porque no tengo ni la menor idea. Todo lo que
acerté a responder, aletargado y en estado de shock, fue “¿Verónica?”
–el silencio- “¿Verónica?” –más silencio- “¿¡Verónica!?”... y
quienquiera que estuviera al otro lado, colgó. No, no es que esa
voz me haya recordado a la de la dulce novia de mi amigo, ni
mucho menos. Pero quise creer, quiero creer, que de alguna manera es ella la implicada en tan extraño suceso, quiero creer con todas mis fuerzas que todo esto no se trata de la terrible pesadilla
tangible que me temo, sino de simples muestras de benigno
contacto con el más allá mancilladas por la percepción paranoica
de este loco jovenzuelo.
Hace escasos cinco minutos he desistido finalmente de intentar
contactar con mi amigo. Desde que me colgó después de
tan extraña llamada he intentado telefonearle yo buscando explicaciones,
pero me ha sido totalmente imposible. Según su compañía
telefónica, “este teléfono está apagado o fuera de cobertura”...
en fin.
No encuentro razón alguna para alarmar a nadie por los desvaríos
y tribulaciones que mi mente hila como una araña dentro
de mi cabeza, así que he decidido contenerme. Voy a volver a mi
cama a conciliar el sueño de nuevo. O, al menos, intentarlo.
31 de enero 3:44
Todo debe quedar escrito. Todo debe quedar escrito. Querido
diario, eres mi único consuelo.
No debí ayudar a mi amigo... nunca debimos tocar una ouija,
nunca. No culpo a Julio, pues el error es mío en el fondo. Fallé
en convencerle, fallé en impedir que firmáramos nuestra sentencia
de muerte. No me quiero imaginar cuál habrá sido el destino
de mi mejor amigo... me haría perder la calma, el juicio, y he de
controlarme, he de escribirlo todo, TODO. Aunque sea lo último
que haga.
No hace ni una hora me ha despertado una espantosa pesadilla,
demasiado terrible, retorcida y tenebrosa como para describirla
aquí y ahora. Sólo puedo decir que la vi, vi a... ella. Era bella,
joven, de negros cabellos que le llegaban casi hasta el pecho.
Pero no era de ningún modo la difunta novia de mi amigo, de
ninguna manera. Cuando desperté empapado en sudores fríos,
pensé que ya había terminado tan angustiosa experiencia, pero
me equivocaba.
Ella... la misma chica que se me ha aparecido en el sueño...
he visto su rostro en el espejo del baño al irme a lavar la cara. No lo podía creer, pero en vez de mi reflejo ahí estaba ella, mirándome...
vestía un anticuado camisón blanco, empapado en lo que
parecía ser... sangre. Lentamente, ante mi gélida estupefacción,
me enseñó sonriente unas enormes tijeras ensangrentadas que
llevaba en su mano derecha, a través del liso cristal.
Volví a la habitación preso del pánico... y fue cuando me di
cuenta de que Ella va a por mi... observé que su rostro, con una
mirada diabólica y siniestra, me observaba fijamente desde los
monitores de mi ordenador y televisión... aún estando ambos
apagados. Creí enloquecer al percibir su cara en la penumbra,
reflejada allí donde nada podía ser reflejado.
Entonces fue cuando salí de mi casa desesperado, llevándome
este diario conmigo. Corriendo por las solitarias calles de mi
pueblo, intentaba gritar auxilio pero sin conseguir articular una
palabra, y más concentrado en huir de allí todo lo rápidamente
que podía... enajenado y sin destino.
El miedo me dominaba; sólo pude correr sin rumbo con todas
mis fuerzas, en vano. En un momento dado caí al suelo sobre
un charco, y al levantarme vi su reflejo en el agua. Pasé frente
al escaparate de una tienda, y en el cristal estaba su imagen.
La veía, sentía su presencia, oía sus risas maléficas en mi cerebro.
¿Qué podía hacer yo? Nada, ¡Nada!
Cuando volví a ser consciente de mis actos, inmensamente
agotado e incapaz de moverme un solo paso más, ya me encontraba
en medio de este maldito bosque. Me resulta difícil de creer,
pero realmente no guardo un recuerdo exacto del momento
en que salí de la ciudad y me adentré aquí, completamente enloquecido.
No podría volver aunque quisiera, pues una suerte de
amnesia postraumática focalizada me impide recordar el camino.
Mi tobillo izquierdo está dolorosamente torcido, mis fuerzas han
llegado al límite, mi esperanza se ha partido en pedazos.
Y aquí, iluminado únicamente por la luz de la luna llena, escribo
con esfuerzo las que cada vez estoy más seguro de que van
a ser mis últimas palabras. Viene a por mí, estoy seguro de que
es ella la que me ha hecho venir a este lugar. Está jugando conmigo,
quiere prolongar mi dolor, hacerme sentir indefenso. Estoy
seguro de que es ella la que produce esos desgarradores gritos
que provienen de todos sitios a mi alrededor. Estoy seguro de que es ella la figura entre sombras que estoy viendo ahora mismo
entre los árboles, acercándose poco a poco, muy poco a poco.
Me matará. No se cómo, pero siento que va a acabar con mi vida.
Je... ahora caigo. Esta no es la novia de Julio, ni mucho menos.
Nos equivocamos de Verónica, estimado amigo. ¡Ironías del
destino! La realidad supera la ficción. No era una mera leyenda
urbana, querido Julio, es algo más que esa simple historia disparatada
de la que tanto nos reíamos tú y yo. Hemos invocado a
Verónica, la que llaman “la amante del diablo”. No me preguntes
cómo. No me preguntes por qué ella y no la dulce Verónica que
ambos conocíamos. Pero al fin y al cabo, lo que cuenta es que
hemos jugado con lo sobrenatural, con las fuerzas que están por
encima de la ciencia o la razón, y vamos a pagarlo caro... muy
caro.
VI – Feliz Cumpleaños, Zafiro
__________________________________________________________________________
Contemplé impasible a la chica tendida en el suelo, comprobando
si ya nunca más volvería a levantarse. Tras notar sus venas
inertes bajo la presión de mis dedos, mi cuerpo se relajó y me
senté en aquella cómoda cama. Con calma, saqué mi pequeño bloc
de notas del bolsillo y taché aquella nueva víctima de la lista. Me
sorprendí, pues nunca antes pensé que podría estar tan sereno
tras un asesinato.
Reparé en la presencia de una bonita vitrina expositora de bebidas
situada en la suite. Sin prisa alguna, me levanté y me dirigí
hacia allí; tras tomarme mi tiempo, elegí el vino más peleón de entre
todas las caras y refinadas reservas que allí se encontraban.
Al diablo con ellas; en ese momento su aroma, sabor o color era lo
que menos me importaba. Botella en mano, volví a mi confortable
asiento y di el primer trago; poco importaba el tiempo que pasara
allí dentro dejando pasar las horas y maltratando mi hígado, pues
yo era la única persona viva en todo el edificio.
La luna se mostraba redonda y clara, creando un bello e idílico
paisaje nocturno sobre aquel bosque en mitad de la nada.
Su blanquecina luz se filtraba por las grandes ventanas de aquella
alcoba en la parte más alta del caserón, siendo ésta su único
y potente foco lumínico y confiriendo un romántico ambiente a
aquella lujosa habitación. Pero, en realidad la escena en sí distaba
mucho de ser romántica. Zafiro, ya apurando su tercera botella
y con lágrimas en los ojos, no podía dejar de pensar en su antigua
vida, en sus errores, en su desafortunado destino, en la
clase de monstruo en que se estaba convirtiendo y, sobretodo, en
el espantoso camino vital lleno de huecos y vacíos que su nebulosa
memoria le permitía adivinar. El bello cadáver de Lady
Gyna, con un afilado cuchillo clavado en la nuca como macabro y disonante ornamento, era mudo testigo del tormento de este
asesino, autor de su muerte y de la de mucha más gente en los
últimos días. El que antes fue un niño reservado, un magnífico
estudiante con un futuro prometedor frente a sus ojos, ahora,
tiempo después, era una sombra enfermiza de ínfima humanidad.
--------------------------3 horas después---------------------------------
Aquellos días, que tan lejanos parecen ya, ahora los recuerdo
incluso agradables. Tal vez hubiera podido hacer cualquier otra
cosa... tal vez hubiera podido manejar mi destino de diferente manera...
tal vez pudiera curarme de mi enfermedad.
-Sabes que nunca cesará tu enfermedad.
-Tu no eres nadie para hablarme de mi vida.
-Oh Zafiro, pobrecito Zafiro, no tenía elección.
-Déjame en paz. No te he invitado a mi fiesta de cumpleaños.
-Más querrías, nene. Oh, lo siento, no recordé el detalle de tu
última fiesta de cumpleaños...
-¡Vete! ¡Deja de hablarme!
-Pobrecito Zafiro, sus invitados le humillaron. Tenías mucha
ilusión puesta en la fiesta de tu doce cumpleaños, ¿eh, Zafiro?
-¡Déjame en paz, maldita puta! ¡Los muertos no hablan!
-No estoy hablando nene, y lo sabes. Feliz cumpleaños.
Quién me iba a decir que un cadáver medio putrefacto pudiera
tener tanta razón. Aquella fiesta marcó mi vida, me sumió en el
mar de sombras en que vivo ahora. Mi mente es un barco a la deriva
sin esperanza. Ya no hay vuelta atrás. Mi futuro oscila entre
la muerte y la locura. Corta es la línea que los separa, pero cierto
es que lo que me empuja a salir de un extremo, irremediablemente
me hace caer al otro. Maldigo mi triste existencia, casi tanto como
maldigo a todos aquellos desgraciados que me hicieron creer en la
amistad sólo para luego echarme en el pozo sin fondo del odio y
cerrar la salida con llave.
-¿Estás seguro de que fueron ellos los que cerraron con llave,
Zafiro?
-Te dije que te callaras.
-Piénsalo, querido. Ellos acudieron a tu fiesta fingiendo su
amistad. Jugaron con tus sentimientos; te hicieron creer, inocente de ti, que tras toda una vida de burlas y maltratos iban a
acudir bondadosos y felices a tu doce cumpleaños.
-¡No tenían derecho a aplastarme la tarta en la cara!
-Por supuesto que no, hijo mío. Es más, aún puedo observar
las doce quemaduras que se concentran en tu penoso rostro. Sí,
no hables: tampoco tenían derecho a abusar de tu pobre madre,
lo único que te quedaba en el mundo, aprovechando su minusvalía
para abusar sexualmente de ella y someterle a casi tantas
vejaciones como a ti. Pero...
-¡¿Pero qué?!
-¿Pero crees que todo eso justificaba que los asesinases a todos,
incluida tu pobre madre?
-...
-¿Crees que todo eso justifica que, una vez liberado de tus captores,
te pusieras al mando de la vieja segadora de heno de tu difunto
padre y destrozaras con ella a tus once compañeros de clase
nada más salieron de tu casa?
-¡Cállate!
-¿Crees que todo eso justifica que dieras una sobredosis de
tranquilizantes a tu madre? ¿Que la tranquilizaras tanto como
para pararle el corazón?
-¡CÁLLATE, MALDITO CADÁVER!
Zafiro no pudo soportarlo más. Con una mueca de asco, rabia
y dolor, salió apresurado de aquella habitación y corrió escaleras
abajo. Aterrorizado por sus actos, más lúcido que nunca,
decidió huir lejos, muy lejos de allí, con tal de poder evadir una
vez más a la justicia. Corrió tanto como le permitieron sus aún
juveniles piernas hasta llegar a una pequeña cueva en un bosquecillo.
Allí, el cansancio le hizo caer pronto en el misterioso
mundo de los sueños.
“¡Feliz cumpleaños, hijo!”
El chico se despertó sobresaltado. Aunque él no lo recordara,
había tenido ese mismo sueño desde hacía casi una semana. Un
sueño del que no recordaba nada, excepto a su madre felicitándole
su doce cumpleaños con cariño.
Como en cada uno de los últimos días, Zafiro se asustó; vagó
durante horas, confuso, por los alrededores de aquella desconocida
zona agreste en la que se encontraba. Intentaba recordar
qué era lo que le trajo allí, o aunque fuera, algún evento de su pasado inmediato. Como en cada uno de los últimos días, Zafiro
empezó por recordar sentimientos, emociones, odio. El chico se
sintió invadido por una irracional ansia de venganza mucho antes
de ser consciente qué era lo que le provocó tanto sufrimiento,
o cómo, o cuando, o por qué. Zafiro entonces, se descubrió aquel
bloc de notas en un bolsillo de su maltrecha chaqueta. En él
había una lista de objetivos, once en total. Ya habían cuatro
tachados, el último de los cuales era: “Madre de Bernice”. Ahora,
el siguiente en la lista era: “Padres de Frank”.
El joven, guiado por algún impulso inconsciente, no se cuestionó
el significado de aquella lista. Con un ansia enfermiza, como
por instinto, Zafiro emprendió camino hacia la casa de su
viejo compañero Frank al que con tanta ilusión invitó a la fiesta
de su doce cumpleaños. Fiesta de la que, por cierto, el chico no
recordaba nada de nada.
Caminaba como hipnotizado, sin tener muy claro siquiera el
propósito de su visita. Un propósito que, conforme se iba acercando
a él, iba transformándose en su mente aclarándose y ensombreciéndose
una y otra vez. Como en cada uno de los últimos
días.
Y, como en cada uno de los últimos días, al acabar su tarea y
antes de recordarlo todo de nuevo, el asesino pensaría:
“Me sorprendí, pues nunca antes pensé que podría estar tan sereno
tras un asesinato.”
VII – Necro
__________________________________________________________________________
1
Una casita color azul cielo, con un escueto y bien cuidado
vergel. A sus lados, dos viviendas más con sus respectivos jardines
cerrados. Frente a ellas, un estrecho camino privado de tierra
servía de único enlace con la carretera asfaltada, una secundaria
que discurría tímidamente, a modo de pequeña arteria, por
aquella tranquila y extensa zona del sur de Valencia, La Safor.
Las tres viviendas, así como la mayor parte de aquel terreno, estaban
rodeadas por huertos, campos de naranjos hasta allá donde
alcanzara la visión. El camino cerrado del que se servían los
propietarios de las tres casas para llegar a ellas en coche estaba
flanqueado a derecha e izquierda por naranjos a lo largo de sus
doscientos metros; los tres chalés estaban rodeados por naranjos,
prácticamente aquella zona era como una pequeña apertura
en lo que sin duda era todo un océano de verdes árboles preparados
para proporcionar su ácido fruto a los propietarios que
se encargaban de cada parcela.
Gregorio odiaba aquel sitio. A sus diecisiete años, sus intereses
veraniegos distaban mucho de quedarse aislado entre millones
de árboles, lejos de todos sus amigos del pueblo y de las diversiones
de internet. A sus padres les gustaba mudarse durante
el verano a aquella propiedad heredada de sus antepasados, en
busca de paz e intimidad. Su hijo no les comprendía, y se sentía
furioso con ellos por tener que obligarle a pasar sus vacaciones
prácticamente en blanco. Era posible ir a la playa del pueblo caminando
desde allí o en bicicleta, pero seguía representando una
distancia no muy cómoda para el muchacho. Resignado, ya establecido
en su habitación y mirando a través de la ventana hacia
el horizonte minado de naranjos hasta allá donde se atisbaban
las montañas, suspiró.
Alguien llamó a la puerta. Era su madre.
-Gregorio, hijo, ¿ya has acabado de arreglar tus cosas? –dijo la
mujer con voz amable, desde el otro lado.
-Sí, mamá.
-¡Ha venido tu primo a verte! Sal hombre, no seas antipático.
-Ah... bueno, ya voy.
Tom. El pequeño y fastidioso Tomás. Gregorio le hubiera pegado
una buena paliza en más de una ocasión a aquel demonio
de niño, si no fuera porque se trataba de su vecino y primo por
parte de madre. Aquel renacuajo aburrido procuraba acosar al
joven todo lo que pudiera un verano tras otro, ya que él era lo
más próximo a alguien de su edad que vivía allí durante las vacaciones.
Gregorio no sabía si alegrarse o maldecir que sus otros
vecinos, sus tíos por parte de padre, nunca hubieran tenido un
hijo.
-Vamos hijo, que Tom te está esperando, ¡hace mucho que no
os veis!
-Ya voy, ya. –Gregorio refunfuñó. No le hacía la más mínima
gracia tener que verse cara a cara de nuevo con aquel diablillo-
Salió de su habitación desganado, vistiendo un simple pantalón
vaquero viejo combinado con una camiseta blanca. Su pelo
moreno, cortado al 4, estaba despeinado y su cara mostraba aún
claros signos de sopor matinal. El joven no se preocupaba mucho
de su aspecto en aquellos momentos, eso sí, ya que sabía
que nadie más aparte de sus familiares iba a verlo deambulando
por aquella zona.
Llegó hasta la puerta principal de su chalé azul y allí se encontró
con el muchacho, sonriendo como un idiota al igual que
hacía siempre.
A pesar de tener ya nueve años, Gregorio consideraba que su
primo aparentaba ser alguien de seis. Sus rasgos no habían
cambiado prácticamente nada desde el último año y, pese a que
había pegado un pequeño estirón, su altura seguía siendo comparable
a la de un hobbit. Seguía conservando su pelo rubio cortado
al 2 y su cara de atontado. El adolescente pensó, irónicamente,
que la visión de su primo para él no era otra cosa que el
sabor del verano, por muy triste que fuera.-¡Hey, primo! ¿Qué tal todo? –exclamó el niño, con entusiasmo-
-Hola... eh, bien, bien... –Gregorio no podía disimular su desgana.
Y lo mejor era que su interlocutor no la notaba, o simplemente
la ignoraba-
-Tenemos que salir por ahí o algo, ¿no? ¡Hace mucho tiempo
que no nos vemos, primo!
Gregorio deseó ser tragado por la tierra. Ya sabía lo que significaba
para Tom “salir por ahí”... y no le hacía ninguna ilusión.
-Tengo tareas que hacer aún, no he terminado de trasladar mis
cosas...
-No pasa nada hombre, ¡ya te ayudo yo!
-Eh... ¿por dónde decías que querías salir?
2
Tal como el adolescente se imaginaba, su infantil primo no
buscaba otra cosa que vagabundear por los huertos. A Gregorio
solía gustarle esa actividad siendo niño, pero en ese fatídico día
era casi lo último que querría hacer en el mundo. Con una profunda
desgana y tras dedicar una falsa sonrisa a su madre al
comunicarle que se iban, él y su pequeño acompañante empezaron
a caminar hacia una de las aperturas en las vallas de alambre
que separaban los árboles de la zona de los chalés, a mitad
del camino privado.
-¿No te parece emocionante, volver a explorar después de todo
un año?
-Sí, Tom, sí... lo que tú digas.
A lo lejos, se oyó la voz de la madre de Tom:
-¡No os alejéis mucho, eh!
-¡Tranquila, mamá! –respondió su hijo, a voz de grito- Je, no le
vamos a hacer caso, ¿no? –dijo Tom en voz baja, dirigiéndose a
Gregorio- ¡Me encantaría volver a la zona del motor, qué pasada!
Gregorio no respondió. Caminaba junto a su primo entre el
denso manto de árboles sobre la tierra marrón claro, llena de hojas
secas y algunas naranjas caídas ya pudriéndose. El adolescente comenzó a aceptar de buena gana la idea de deambular
entre los huertos, pues empezaba a notar esa extraña sensación
que siempre le relajó de forma casi hipnótica: la sensación de
avanzar entre la nada. De caminar, caminar y caminar, pero no
progresar un sólo centímetro. Los espacios entre los naranjos
eran casi siempre estrechos, a veces incluso requerían que el caminante
se agachase para atravesar ramas y pocas veces se
encontraba uno con puntos de referencia que le indicaran su posición.
Siempre que él y su primo salían a explorar los interminables
huertos, luego sabían volver a casa por pura intuición,
azar, o simplemente escalando algún árbol más alto que otros
con tal de atisbar el techo de sus casas en la lejanía. Los únicos
elementos que interrumpían tan monótono paisaje muy de vez
en cuando eran los quemaderos de hormigón, una especie de
iglús cilíndricos sin techo de los que se servían los dueños del
huerto para quemar ramas secas, y los pequeños canales de riego
que recorrían toda la zona.
-Vaaamos primo, qué me dices, ¿vamos a la zona del motor?
-Que vale, pesado.
El joven no alcanzaba a comprender por qué Tom estaba tan
fascinado con aquella simple área. Se trataba de una mancha
pelada más entre el gran océano de árboles y caminos, algo así
como la zona de su casa pero mucho más pequeña. Allí, al lado
de una musgosa acequia estaba situada la pequeña caseta del
motor de agua, la cual albergaba en su interior el mecanismo necesario
para hacer funcionar los canales de riego y poder así
mantener los extensísimos huertos nutridos por medio del primitivo
sistema de riego por inundación. Gregorio se acordó de algo.
-Hey, ni por un momento pienses en entrar y activar el motor,
Tom.
-Jo, ¿por qué no, primo? ¡Si fue de lo más divertido!
-Sí, muy divertido. ¡Sobretodo cuando nos pilló el señor Pérez
con las manos en la masa y se lo contó todo a nuestros padres!
-Anda primo, no es para tanto. Total, sólo tuvimos que pagarle
la reparación de la puerta...
-Eres lo peor, Tom.
-Vamos, primo...
-No. Si vamos es para cazar ranas en la acequia, ver ratas o
anguilas, o lo que te dé la gana, todo menos sabotear de nuevo el
motor.
-Vaaale...
El motor no era un lugar muy cercano. Para acceder a él, los
dos muchachos debían caminar durante largo rato en dirección
contraria a su casa. Tras atravesar sin problemas una de las separaciones
entre parcela y parcela de naranjos (formada por una
triste valla de tela verde) supieron que se estaban acercando al
lugar buscado. Pronto verían la caseta con la acequia detrás de
ella, el escueto montón de cañizales que la flanquean y el estrecho
camino de tierra que comunica esa zona con una carretera
secundaria cien metros más allá.
Desde que atravesó la malla verde de separación, Gregorio
empezó a sentirse extraño. Sentía que algo no iba bien. En un
momento dado se detuvo de repente entre la inmensidad de naranjos,
dejándole atrás su primo sin darse cuenta. Quieto y en
silencio, empleó todos sus sentidos en percibirlo todo a su alrededor
con atención. Se sentía observado y además le pareció haber
oído algo. Pasaron los segundos en completa tensión, un silencio
incómodo que el joven, convencido, creía que se rompería
pronto.
...Pero no lo hizo. Tras tranquilizarse al no captar nada, se
quedó mirando absorto al cielo: el potente sol de la mañana se
erguía orgulloso en lo alto, bañando aquella zona con luz y calor.
El adolescente se sintió avergonzado por tener miedo irracional
de repente en esa situación, sin ni siquiera ser de noche o estar
el cielo nublado u oscuro.
Unos cuarenta metros más adelante Tom caminaba exaltado
hacia su destino, sin haber reparado en que su primo ya no iba
con él.
-Mira primo, ¡ya estamos cerca! –dijo el niño, para posteriormente
girarse- ¿Primo?
Gregorio reemprendió la marcha aceleradamente, maldiciéndose
por haber perdido el tiempo en tonterías y haber dejado solo
a su vecino. Antes de que pudiera siquiera llegar a avanzar
cinco metros, se sobresaltó al oír un grito. Se volvió a quedar de
piedra, pero esta vez el huerto sí que respondió a su silencio: volvió a oír el grito de nuevo.
-¡¡Tom!!
Sí, indudablemente aquel grito intermitente venía de su primo,
el cual parecía cada vez más desesperado y se escuchaba
más lejano. Gregorio se sintió aterrorizado, pero sobretodo enfurecido...
enfadado consigo mismo por haber permitido que aquello
sucediera. El joven estaba convencido de que algún delincuente
estaba secuestrando a su primo y no dudó en perseguir a
aquel indeseable intentando seguir el foco del sonido, guiándose
por los gritos y gemidos de aquel niño al que tanto odiaba unos
minutos antes, pero por el cual ahora sería capaz de hacer cualquier
cosa.
Gregorio corría implacable entre los árboles, rompía ramas,
se tropezaba una y otra vez, pero nunca se detenía. Recorrió, sin
ser consciente, cientos y cientos de metros de huerto, ocupando
los gemidos de su primo, cada vez más poco audibles y desesperanzados,
la totalidad de su sistema perceptivo.
-¡¡¡Tom!!! ¡¡Ya voy primo, no tengas miedo!!
El adolescente emitió aquellas palabras al aire intentando
autoconvencerse de ellas, pero se estaba engañando a sí mismo.
Hacía ya varios minutos que había perdido la pista auditiva que
guiaba sus pasos y en esos momentos se encontraba corriendo
sin rumbo, como loco, desesperado y sin ser capaz de razonar
adecuadamente. Cuando sus piernas empezaron a flaquear, un
obstáculo se tropezó en su camino sin que el joven lo advirtiera y
tropezó con él en plena carrera, cayendo violentamente contra el
suelo y dándose un fuerte golpe en la cabeza con el tronco de un
árbol. En su cara se mezclaron sudor y sangre, y quedó totalmente
inconsciente.
3
Gregorio despertó al fin de su desmayo, confundido, aturdido.
Lo primero que hizo fue toser, toser y expulsar instintivamente
el agua que le había entrado en boca y nariz. Sin recordar
aún qué hacía ahí, el joven se sintió espantado al verse boca
abajo contra el suelo inundado, bajo un naranjo. Al parecer, se
había activado el sistema de riego y el agua llegaba ya a unos
cinco centímetros de profundidad. La cabeza le dolía profundamente, así que simplemente se volvió a tumbar en el suelo, esta
vez boca arriba, reposando su nuca sobre un montículo en la
fangosa tierra sumergida. No fue hasta que el nivel del agua subió
demasiado que el joven abandonó esa posición e intentó al
fin hacer un repaso mental de su situación.
Estaba solo, desorientado. Había perdido la pista a Tom, le
había fallado... Gregorio se estremeció de terror al recordar esas
recientes experiencias. “Ahora –pensó- me he de centrar en volver
rápidamente a casa y avisar a la policía cuanto antes”.
El adolescente reparó en un detalle que antes se le había pasado
por alto: el estado del cielo. Cuando salió de su casa con
Tom eran las diez de la mañana, hacía un sol terrible... pero en
cambio ahora parecía que iba a anochecer. Gregorio confirmó este
dato mirando su reloj (las 21:12) y un escalofrío le recorrió de
arriba a abajo. “¿Cómo he podido estar inconsciente tanto tiempo?
¿Tan grave es la herida que tengo en la cabeza?”
Estaba muy nervioso. A esas horas, no sólo era ya muy improbable
que funcionase avisar a la policía para interceptar a
Tom, sino que sus padres estarían preocupados en extremo por
los dos jóvenes... y le iba a resultar difícil volver a emprender el
camino a casa entre los huertos, envuelto en oscuridad. Desesperanzado,
el joven intentó levantarse, y tras lograrlo a duras
penas buscó, con curiosidad, qué era aquello que le había hecho
caer de bruces contra el árbol hacía ya tantas horas. Dado que la
profundidad del agua era ya de diez centímetros, tuvo que buscar
a tientas, removiendo el fango.
Aquello que sus dedos percibieron era algo que el muchacho
no acababa de creerse. Sorprendido y aterrorizado por igual, tiró
con fuerza de aquello que había encontrado, semienterrado en el
suelo.
Del agua sobresalió una mano humana en avanzado estado
de descomposición.
Aterrorizado, Gregorio soltó aquella extremidad putrefacta y
se apresuró a coger su móvil. Sabía que estaba metido en algo
grave, que intentar volver por sí solo no era tan seguro como
pensaba y que tenía que avisar a la policía y a sus padres tan
pronto como pudiera.Pero el teléfono no funcionaba. La pantalla, en blanco, no
reaccionaba a ningún botón. Quitar y volver a poner la batería
tampoco funcionó y el muchacho maldijo con rabia el haber caído
justamente con el móvil a ras de suelo, habiendo permanecido
el aparato en remojo durante un buen rato. “¿Cómo iba a funcionar,
así?”, pensó el joven.
Gregorio se quedó allí, sentado, reflexionando acerca de los
espantosos sucesos que le acababan de ocurrir. No era normal
encontrarse con un cadáver perdido en los huertos y aún peor
era el que hubieran secuestrado a su primo. El chico sentía un
miedo sin precedentes, acentuado al comprobar vagamente la
enorme cantidad de naranjas podridas que había en el suelo:
aquella región no había sido tocada en muchísimo tiempo. Probablemente,
la explotación de esa zona había sido interrumpida
por su dueño tiempo atrás, dado que en la crisis de los últimos
meses muchas veces el tener que contratar a personal para recoger
las naranjas y venderlas resultaba menos provechoso que no
hacer nada y dejar que se pudrieran.
O tal vez el dueño de aquel huerto fuera aquel que yacía
frente a él, muerto.
4
Gregorio volvió a sentirse observado. Ninguna de las teorías
que barajaba en su cabeza eran tranquilizadoras en lo más mínimo.
Sabía que había algo maligno allí, intuía una relación entre
todo... aunque por otra parte estaba seguro de que todo se trataba
de una paranoia. La parte racional de su ser, aturdida por tan
extraños y desmoralizantes hechos, era incapaz de hilar alguna
solución. El joven empezó a sentirse acongojado conforme el cielo
se iba oscureciendo sobre él, y no tardó mucho en decidir subirse
a lo alto de un naranjo para intentar otear el horizonte.
Lo que vio desde allí arriba le dejó helado. Era incapaz de
orientarse. Al chico le costaba entender cuán lejos había llegado,
cómo es que ahora alrededor suyo no podía atisbar otra cosa que
no fueran naranjos, naranjos y más naranjos. Ni siquiera las
montañas eran distinguibles entre la grisácea bruma que, extrañamente,
cubría el horizonte. La negrura se cernía poco a pocoen la bóveda celeste sin luna y el terror iba creciendo exponencialmente
en Gregorio conforme pasaban los minutos, sentado
en la copa del pequeño árbol, inerte.
El adolescente nunca podría imaginar que, el bajar de nuevo
al suelo, repercutiría en un horror aún más grande.
La tierra ahora estaba húmeda. El riego cesó, y pronto el
agua fue totalmente absorbida por lo que ahora era un fango
pantanoso. Lo que impactó a Gregorio, lo que realmente aceleró
su corazón hasta el punto de casi hacerlo estallar, era que se
distinguían cinco cadáveres semienterrados en las cercanías de
aquella estrecha zona. Aquel con el que se había tropezado antes
sólo era uno más.
El chico corrió. Corrió como nunca antes en su vida, gritando
desesperado conforme veía más y más muertos a su paso.
Aquella región parecía un auténtico cementerio. Una macabra fosa
común de dispersos cadáveres semienterrados, un espacio capaz
de hacer enloquecer a cualquiera especialmente al encontrarse
solo, perdido y con la noche cerniéndose sobre él con lentitud,
sádica lentitud que propiciaba una pérdida de la visión y
la esperanza tan gradual como dolorosa.
Sintió de nuevo la presión del dolor en su cabeza y sus fosas
nasales empezaron a captar algo que le resultaba vagamente familiar,
algo que el muchacho ya había olido antes sin apenas reparar
en ello, en el tramo final de su desesperanzada y caótica
carrera con tal de recuperar a su primo horas atrás: la podredumbre.
La fétida podredumbre se había liberado del benigno
manto acuoso que la mantenía inocua y vagaba de nuevo por el
aire, expandiendo su nauseabunda influencia sobre el sistema
perceptivo de Gregorio.
El chico vomitó copiosamente en plena carrera, cayó al suelo
y sintió el más terrible de los dolores cuando se juntaron su agotamiento
físico, mental, su dolor de cabeza y el inmenso asco que
le producía el indescriptible hedor a mil cuerpos corruptos. Tumbado
sobre su propio vómito (fragancia de rosas en comparación
con el imperante olor a muerte) Gregorio se sintió morir de asco.
Cayó casi inconsciente, agotado, pensando que sería aquel su lecho
de muerte, que su organismo ya no podría aguantar más.
Con la cabeza de lado, su mirada se fijaba cara a cara con la de una mujer joven, inerte, de cuerpo desnudo otrora bello, ahora
medio descompuesto y desparramado entre fango y hojas secas.
Si no fuera por su evidente estado de delirio, Gregorio hubiera
jurado ver cómo aquel rostro se movía y sentir agitarse levemente
el suelo bajo su cara. Observando pavorosamente las blancas
esferas sanguinolentas que eran los ojos de aquel cadáver, el joven,
sin poder sentir su propio cuerpo, desfalleció.
5
Gregorio se despertó sobresaltado de forma súbita, espasmódica.
Pesadillas de horror insondable retumbaban en su memoria
mientras el chico se ponía de pie incrédulo, confuso, de nuevo
recuperando a velocidad de vértigo la ingente cantidad de datos
que su cerebro aún se resistía a asimilar, los hechos que tan
difícilmente el chico asumía como vivencias propias y que le llevaron
a aquella enloquecedora situación de terror y soledad.
Sentía un hambre y una sed terribles tanto como unas irreprimibles
ganas de llorar. Así pasó el joven los siguientes cinco minutos:
gimoteando derrotado y sin esperanza bajo el cálido sol de la
mañana que aún se alzaba tímido en el cielo. Se percató de que
el suelo bajo sus pies volvía a inundarse poco a poco y no dudó
un momento en responder a sus más elementales instintos bebiendo
de aquel líquido sin importarle lo más mínimo lo que
podría haber tocado.
Allí se encontraba Gregorio, agachado, bebiendo ávidamente
del pequeño charco creciente en el suelo con ayuda de sus manos,
cuando lo que vio enfrente suyo (o mejor dicho, lo que no
vio), le heló la sangre.
La mujer muerta que había frente a él la pasada noche ya no
estaba allí.
El muchacho se giró rápidamente en todas direcciones buscando
desesperadamente la ubicación de aquel cadáver, algún
dato que le ayudara a resolver la impactante incógnita que empezaba
a hacerle perder la razón. Pero no vio nada.
El joven llegó incluso a pensar en la posibilidad de que, sonámbulo, se hubiera trasladado a otro lugar. Pero el amarillento vómito que había expulsado anoche seguía impregnando exactamente
el mismo espacio de suelo bajo sus pies.
Sacando fuerzas de flaqueza, Gregorio intentó tranquilizarse.
Decidió caminar a través del huerto en calma, sin pensar demasiado,
sólo centrado en abandonar aquel lugar de pesadilla. El
adolescente en aquellos momentos ni siquiera se preocupaba ya
por su primo perdido, su petrificada mente ya no albergaba espacio
para otra cosa que no fuera él mismo, sus más básicos y
elementales instintos de supervivencia. La conservación de su
debilitada cordura.
Su raciocinio le dijo al joven que debía aprovechar al máximo
aquel momento de injustificado riego por inundación. De nuevo,
el olor a putrefacción que aún despedían los cadáveres que el joven
se iba encontrando a su paso fue mitigado por la barrera de
agua formada encima, y por lo tanto era el momento ideal para
coger alguna de las naranjas aún incorruptas que colgaban de
varios de los árboles. Por suerte, no le fue costosa la tarea de encontrar
alguna que resultara mínimamente comestible.
Ya sintiendo su organismo fuera de peligro, Gregorio empezó
a aclarar su mente poco a poco al mismo tiempo que caminaba
sin rumbo entre la estrechez del manto de árboles, sorteando cadáveres
medio sepultados con una sangre fría que el joven nunca
imaginó que llegaría a poseer.
6
Varias horas tuvieron que pasar hasta que la nublada mente
del joven empezara a enfriarse, a funcionar con sentido de nuevo.
Mientras caminaba lentamente por el macabro cementerio
descarnado, ya seco de nuevo, se preguntaba: “¿Cuántos cadáveres
me habré encontrado ya a lo largo de esta vivencia de pesadilla?
¿Cien? ¿Doscientos?” El joven era incapaz de estimar un
número aproximado. Cuando volvió a sentir el suelo bajo sus
pies inundarse de nuevo, se empezó a preguntar también el por
qué de un riego tan anormalmente constante sobre aquellas hectáreas
intocadas, cuestionándose si no sería acaso un macabro
procedimiento para esconder y desodorizar los numerosos cuerpos
de aquel campo de muerte, ocultándolos bajo la tierra pantanosa.
Obviamente había alguien o algo detrás de todo aquello,también detrás del extraño secuestro de Tom, y Gregorio no podía
evitar sentir escalofríos cada vez que pensaba en ello.
Algo que la mente del muchacho se negaba a repasar, algo
que subconscientemente prefería ser olvidado en pos de la conservación
de la cordura del muchacho, era la incógnita del cadáver
misteriosamente desaparecido de su lado horas atrás.
El adolescente no tardó en considerar que convenía volver a
intentar orientarse de nuevo, volver a subirse a lo más alto de
uno de los árboles e intentar determinar su posición con tal de
poder buscar el camino de vuelta a casa. Y así lo hizo.
Esta vez no había bruma alguna que ocultara su campo de
visión. Pero Gregorio sintió miedo, sufrió auténtico pánico al percibir
cuán lejos se encontraba de su cálido hogar. Las montañas
que tan a lo lejos se atisbaban a través del manto de huertos
desde la ventana de su casa eran ahora enormes bultos a su derecha,
imponentes, mucho más cercanas aún que su chalé. Se
presentaba un duro dilema: intentar volver a casa caminando de
nuevo kilómetros y kilómetros a través de aquel huerto de los
horrores, o intentar ir en dirección a las montañas con tal de salir
lo más pronto posible de aquel pútrido sitio y aferrarse a cualquier
signo de civilización o ayuda que encontrara a su camino.
Antes de decidirse, Gregorio miró el reloj: las 14:36. Aún tenía
tiempo de sobra, pensó, para poder llegar a casa antes de la
noche. Sin más tribulaciones, el muchacho decidió que esa era
la opción menos mala para poner pronto fin a su situación.
7
El sentido de la orientación del muchacho nunca fue muy
bueno. Pero para Gregorio, la extrema situación en la que se encontraba
representaba un incentivo más que suficiente para sumirse
en un estado de trance total, una expansión de sus capacidades
que le permitiera no sólo poner fin a una situación aversiva
hasta lo inimaginable, sino garantizar su propia supervivencia
en un entorno más que hostil, más que peligroso: un entorno de
irracional terror y desesperanza. Apoyado por la tranquilizadora
luz del sol del mediodía, atravesó metros y metros de estrecho
camino entre troncos y hojas, esquivando los cuerpos esparcidos sin ni siquiera detenerse para mirarlos, pasando por encima de
los ocasionales canales de riego de hormigón que se cruzaban en
su camino. Su olfato ya prácticamente se había acostumbrado a
la putrefacción.
Pero hubo algo que en un momento dado de su recorrido le
llamó la atención a Gregorio en extremo: un monolito situado en
un escueto claro del huerto. Lo que primero identificó el adolescente,
por su tamaño, como un simple quemadero extravagante,
fue formándose más nítidamente en su retina conforme se fue
acercando, hasta ya estar seguro al fin de que se encontraba
frente a un auténtica construcción icónica religiosa. De altura
similar a la de un naranjo y anchura ligeramente mayor que una
chimenea de tamaño medio (vista de frente), y grosor equiparable
a un muro (visto de lado), su iconografía se expandía (repetida) a
lo largo de las dos caras de aquel extraño bloque bidimensional,
aquel trozo de tabique toscamente recortado situado en medio de
tierra de nadie.
Gregorio se estremeció al observar en profundidad aquellos
signos plasmados por igual en ambos lados del monolito. No le
decían nada y eso era precisamente lo que le perturbaba. El muchacho
siempre había sido aficionado al estudio de las religiones
del mundo, entre lo que se incluía, cómo no, sus repertorios icónicos.
En cambio, lo representado en aquel amarillento bloque
de apariencia milenaria no tenía nada que ver con cualquier cosa
que recordara el muchacho. Había un símbolo que llamaba especialmente
la atención: se repetía hasta la saciedad a lo largo de
las macabras ilustraciones irracionales que recorrían la piedra,
como una especie de emblema distintivo de toda una comunidad
devota a algún dios hoy ignoto, de culto ya perdido en el tiempo.
La parte central de la superficie de piedra tallada era ocupada
enteramente por una versión gigantesca de este mismo emblema,
que destacaba rápidamente y era visible desde una distancia
considerable a causa de sus gruesos trazos.
Las grotescas ilustraciones que rellenaban casi por completo
la superficie de ambas caras del bloque excepto el espacio dedicado
al emblema gigante eran repetitivas y recurrentes, sin sentido
aparente, realizadas con pericia nula. Los trazos eran bastos,
irregulares, como efectuados por un niño de cinco años. Lo
representado en ellos, sin embargo, distaba mucho de lo normal
en el dibujo de un niño: en la parte inferior del monolito, toscas
figuras presumiblemente humanas de esquelética apariencia
pugnaban unas con otras en una especie de caótico infierno sumido
en una densa atmósfera de desesperación. El icono emblema
del supuesto culto religioso al que pertenecía aquel muro se
repetía de forma anárquica sobre los dibujos, arbitrariamente y
sin sentido aparente. En cuanto a las ilustraciones en sí, destacaba
algo que a Gregorio le heló la sangre: en la parte superior
del monolito (cuyas representaciones variaban sustancialmente
respecto a las situadas debajo) habían multitud de cuerpos inertes,
supuestos cuerpos humanos completamente tendidos en
una imaginaria línea de suelo. Sobre ellos, brazos en alto, figuraban
media docena de hombres erguidos dibujados de forma muy
distinta al resto de esquemáticas y repetitivas formas humanas,
vistiendo algo que recordaba vagamente a túnicas.
El muchacho sintió súbitamente un profundo asco hacia todo
aquello. Sabía que aquel macabro trozo de piedra tallada tenía
algo que ver con la tangible pesadilla que estaba experimentando
en carne propia, estaba convencido de ello. Y no comprendía
nada, lo cual no hacía sino enfurecerle aún más. Después de
rodear el monolito y comprobar, absorto, que en ambos lados figuraban
exactamente las mismas representaciones, el joven se
quedó mirando aquel bloque con odio. Un irracional impulso de
rechazo hacia todo aquello que no comprendía motivó al joven
para descargar su ira hacia aquel monolito, y cargó contra la estructura
sin vacilar usando todas sus fuerzas.
Así pasó Gregorio casi una hora, envuelto en un trance fuera
de toda lógica: descargando toda su confusión y su tensión acumulada,
su miedo y su desamparo, en cada embestida y puñetazo
que propinaba a la tosca roca. Pese a todos los esfuerzos que
realizaba sirviéndose de su nada despreciable fuerza, el adolescente
lo único que estaba consiguiendo era agotar sus energías,
autolesionarse y torcer el monolito apenas unos milímetros de su
posición original.
Agotado, llorando y empezando a recobrar el control de sus
emociones, Gregorio se dejó caer sentado en el suelo de repente,
observando desesperadamente aquel bloque intacto, impoluto
frente a él como burlándose de sus patéticos deseos de destruirlo.
Sudaba y todo su cuerpo le latía con brusquedad por el esfuerzo;
su cabeza no era una excepción. El joven volvió a sentir
un terrible dolor a través del cráneo y se maldijo a sí mismo por
protagonizar una escena tan absurda minutos antes. El dolor de
su herida volvió a revivir con fuerza, y al muchacho se le nubló
la mente en medio de un insoportable dolor. Casi sin darse cuenta,
se tumbó completamente en el suelo esperando sentirse mejor,
tras lo cual no hizo sino desfallecer... de nuevo.
8
Abrió los ojos. El agua le llegaba hasta las orejas a Gregorio
cuando se despertó de repente. De nuevo se miró el reloj... las
21:30. No podía creérselo... ¡Le había vuelto a pasar exactamente
lo mismo que antes! El joven entró rápidamente en una crisis
nerviosa. Alarmado, olvidó por completo su dolor y observó aterrorizado
cómo el cielo volvía a oscurecerse de nuevo... cómo, si
no hacía algo pronto, iba a volver a pasar una noche en aquel lugar
de inframundo. Esta vez, ayudado por su experiencia previa,
el chico procuró estar más calmado, vencer su ansiedad y pensar
con claridad. Lo primero era decidir qué hacer. Evidentemente ya
no era viable lo de aprovechar la luz del día para emprender
camino a casa, pero la opción de dirigirse a las montañas tampoco
era mucho mejor, además de ser menos viable de lo que era
antes dado que el joven ya había recorrido un buen trecho en dirección contraria.Súbitamente, un recuerdo emergió en la mente del adolescente.
El recuerdo de una especie de temblor sutil, un movimiento
sísmico casi imperceptible, aquello que le pareció captar poco
antes de desfallecer sobre su propio vómito la pasada noche.
Aprovechando que el riego ya había cesado, Gregorio pegó todo
su cuerpo a tierra con tal de percibir mejor: en efecto, el suelo
temblaba rítmicamente a frecuencia creciente.
El desconcierto por este hecho desvió a Gregorio un momento
de su angustia por no saber qué hacer... ¿Un terremoto, en
aquella zona? Era imposible. El muchacho había vivido en aquella
región toda su vida y nunca había tenido noticias de movimiento
sísmico perceptible alguno. ¿Tal vez la sugestión le estaba
agudizando los sentidos, simplemente? Volvió a tumbarse, y
de nuevo se concentró en el sonido que vomitaba el interior de la
tierra. Sí, no había ninguna duda: eran movimientos sísmicos
secos, como de percusión, de ritmo lento y constante.
Otro estímulo arremetió en el sistema nervioso de Gregorio:
“¡Hey, primo!” Le golpeó con fuerza, acaparó todo su organismo
en cuestión de segundos, le hizo volver de nuevo a una lucidez
inquebrantable, una determinación férrea, una febril esperanza.
Era la voz de su primo Tom.
El joven levantó la cabeza sin dudarlo, olvidándose de aquello
que estaba haciendo. Oteó todo su alrededor hasta que vio al
mismísimo Tom a unos diez metros de su posición, medio oculto
tras la creciente penumbra pero inconfundible como el raquítico
hobbit infantil que era. Tras todo el grotesco trauma por el que
tuvo que pasar Gregorio, el chico no tuvo otro impulso que correr
hacia su querido primo y abrazarle con fuerza, volver con él a
casa entre lloros de felicidad.
Pero algo no iba bien. Tom echó a correr en dirección contraria
con todas sus fuerzas al primer paso que dio su primo hacia
él. Gregorio se quedó petrificado unos segundos, desconcertado,
pero luego no dudó un segundo en perseguirle, retrocediendo
así, sin saberlo, por el mismo camino que había emprendido al
mediodía, volviendo de nuevo al núcleo de la zona de terror que
tanto le había atormentado.
9
Conforme iba corriendo tras la difusa pista de su primo, la
penumbra se iba apoderando de los huertos. De nuevo la noche
se mostró sin luna, y al desesperado adolescente le resultó imposible
seguir cualquier rastro visual. A cada metro que avanzaba
el temblor de la tierra se iba intensificando, como si se estuviera
acercando al epicentro de un leve terremoto. Ahora la frecuencia
era comparable a los latidos de un corazón humano, creando un
sonido estremecedor y extraño que, aún leve, muy sutil, enmascaraba
con su hipnótico efecto infernal cualquier otra cosa que
Gregorio deseara oír.
El joven gritó enloquecido el nombre de su primo, empezó a
correr en círculos sin ningún sentido buscando desesperadamente.
Pronto vio algo moviéndose en la sombra, entre las ramas
de un naranjo. Gregorio apartó el obstáculo con esperanza y se
asomó a mirar.
El terror le invadió como nunca antes en su vida. Lo que el
muchacho vio no era su primo, sino uno de los múltiples cadáveres
que, hacía unos minutos, se encontraban tendidos en el suelo.
La diferencia era que éste caminaba. Despidiendo un insoportable
olor a podredumbre, el inmundo cuerpo se movía como una
macabra marioneta, con la cabeza totalmente suelta oscilando
sobre su pecho como si de un colgajo de carne inútil se tratara.
Su paso era lento, torpe, artificial. El aberrante cuerpo de pesadilla
avanzaba inexorablemente entre las ramas, rompiéndolas,
doblándolas, sin mostrar signo alguno de flexibilidad.
Tras casi medio minuto en estado de shock observando aquel
hecho inexplicable, Gregorio reparó en que, tal como se temía,
aquel fenómeno no era aislado. A su alrededor empezaron a distinguirse
más de media docena de cadáveres andantes, organismos
medio descompuestos que se levantaban del suelo como
muñecos articulados, que se erguían y empezaban a caminar robóticamente
entre los árboles, silenciosos, tenaces.
El muchacho empezó a correr sin más. Aquello era demasiado;
sin duda, el clímax de la insoportable pesadilla que había
vivido desde hacía ya más de veinticuatro horas. Sentía un miedo
incomparable, un terror tan indescriptiblemente intenso que
rompía la semántica. Era simplemente innombrable. Sorteaba cadáveres de nuevo, con la diferencia de que esta
vez caminaban como si de los zombis de las películas se trataran.
Pero no había película en el mundo que hubiera podido
mostrar tal abominación, no podía haber persona en el mundo
capaz de imaginar tan grotesco espectáculo de marionetas de
carne y hueso movidas por hilos invisibles, mecánicas, de antinatural
movimiento. Las más abisales profundidades del averno
se adivinaban con la simple observación de aquella dantesca comitiva,
espeluznante reflejo de las más oscuras marismas de terror
que sea capaz de asumir jamás el inocente cerebro humano.
La propia muerte se sentía en una atmósfera cargada de infernal
malicia, de un horror sin precedentes.
Tras correr metros y metros sin control, tropezándose incluso
con varios muertos andantes que se cruzaron en su camino,
Gregorio vio un quemador de hormigón en un pequeño claro. Sin
dudarlo un segundo, el muchacho se metió dentro sin ni siquiera
sorprenderse por no encontrar en el interior ni una pizca de ceniza,
signo inequívoco de que nadie había trabajado por el cuidado
de aquellos huertos desde hacía muchísimo tiempo.
Allí refugiado, el muchacho recuperó al fin la compostura. Se
dio cuenta finalmente de que a aquellos cadáveres él no les interesaba
lo más mínimo; aquella especie de zombis iban dirigidos
hacia algún objetivo determinado, algún misterioso destino compartido
por todos ellos. Asomándose un poco hacia afuera, al
chico no le costó distinguir la dirección que parecía ser común a
todos ellos, cuerpos andantes de todo tipo que avanzaban hacia
algún lugar a paso cada vez más rápido. Allí se quedó Gregorio
unos pocos minutos, esperando, hasta que ya definitivamente se
aseguró de que no quedaban más cadáveres por pasar cerca de
allí.
El muchacho estaba sobrecogido. Sin duda, daba toda la impresión
de que la totalidad de aquella multitud de cuerpos sin vida
(algunos, descompuestos casi hasta los huesos; otros, prácticamente
intactos), caminaban hacia el epicentro de aquel persistente
temblor sísmico, que casualmente era exactamente la misma
dirección hacia la que corrió Tom antes de volverle a perder
de nuevo.
Gregorio, animado por el hecho de ser ignorado por aquellos
grotescos seres infernales, decidió que inexorablemente tenía que
ir a buscar a su primo. Si aquella especie de zombis de pacotilla
no le habían prestado la más mínima atención hacía unos minutos,
no tenían por qué atacarle si les siguiera adondequiera que
estuviesen yendo. Con un escalofrío, la imaginación de Gregorio
creó una escena aterradora: una escena en que alguna misteriosa
secta satánica, adoradora del macabro monolito que había
visto antes, se preparaba para sacrificar a su pobre primo entre
aglomeraciones de público... formado por corruptos muertos vivientes.
No quiso pensar más, y se apresuró en tomar la misma dirección
que habían cogido los cadáveres andantes unos cinco
minutos atrás.
10
Conforme Gregorio se iba aproximando a su intrigante objetivo,
los temblores sísmicos bajo sus pies se fueron intensificando.
Lo que antes era sólo perceptible en quietud y contacto directo
iba siendo cada vez más fuerte, comparable a un pequeño terremoto.
El muchacho también advirtió algo que le causó escalofríos:
voces. Sin saber si a causa de su estado de delirio o porque
realmente lo que estaba escuchando no era humano, el joven juraría
estar oyendo palabras pronunciadas por demonios, por alguna
monstruosa aberración superior a cualquier cosa que pudiera
imaginarse.
“Mors non finis est. Inertes corpores rebellate, in novae vitae lucem ambulate. Deum nostrum
aeterne adorate.”

Las estremecedoras ondas de sonido iban sintiéndose cada
vez más cercanas, más audibles. Gregorio intentaba no escucharlas,
seguía corriendo entre los naranjos con todas sus fuerzas;
sus ojos privados por la oscuridad, sus oídos intentando no
pensar en la perturbadora distorsión de aquella voz inhumana
extrañamente amplificada.
“Mors non finis est. Inertes corpores rebellate, in novae vitae lucem ambulate.
Deum nostrum aeterne adorate.”

El joven dio gracias al cielo por no tener ni idea de latín. Deseó
con todas sus fuerzas que el significado de aquellas palabras
no fuera el que sus conocimientos de castellano y catalán le hacían
sugerir. Lo intentó tanto como intentaba no escucharlas...
“Mors non finis est. Inertes corpores rebellate, in novae vitae
lucem ambulate. Deum nostrum aeterne adorate.”
Gregorio tuvo el impulso de retroceder, simplemente escapar
de allí y dejarlo todo atrás. Ahora que estaba tan cerca no sólo
escuchaba perfectamente aquella especie de oración infernal y
sentía la tierra temblar violentamente bajo sus pies, sino que a
través de los diez o doce árboles que le separaban de aquella
especie de claro distinguía una luz rojiza, mortecina, parcialmente
tapada por lo que parecían ser algunos cadáveres erguidos,
hieráticos, todos de espaldas a él y mirando algo. El adolescente
se preguntó cuántos habría en total allí a escasos metros de su
posición pero, sobretodo, se preguntaba qué clase de culto sería
aquel que congregaba a muertos andantes y sacerdotes demoníacos
bajo la negra noche, en el eje de un inmenso huerto abandonado.
Se quedó petrificado en su posición, helado de miedo. Mientras
intentaba sacar de dentro toda su valentía, reparó en algo
que sobresalía sobre los árboles delante suyo, aquellos que le separaban
de aquella maléfica ceremonia de inframundo: era la
punta de un monolito gigantesco. Sin duda, una versión aumentada
de aquel extraño bloque que había visto hacía ya horas.
Gregorio no tardó en suponer que era aquello lo que emanaba
una luz roja. No tardó tampoco en habituarse relativamente al
pavor que le producían aquellas oraciones demoníacas, ni en
sentir crecer demasiado su curiosidad... ni en acordarse de su
primo Tom. El joven se decidió a avanzar sigilosamente, agachado,
y observar mejor aquello que estaba ocurriendo prácticamente
delante de sus narices.
Llegó hasta el claro reptando como una silenciosa serpiente
nocturna. Sintió congestionarse su nariz de asco; costaba
aguantar tanta cadaverina, tanta podredumbre y putrefacción
concentradas en un solo sitio. El muchacho se encontraba justo
detrás de un nutrido grupo de muertos de pie, inertes, dándole
la espalda. Calculó que, agolpados alrededor de aquella extraña
ceremonia, habría por lo menos trescientos.
Por debajo de las piernas de los pútridos asistentes que tenía
delante, el joven pudo vislumbrar a unos metros de distancia
seis figuras humanas que parecían normales: vivas, vestidas todas
con pomposas y siniestras túnicas completamente negras,
con la capucha puesta. Sus caras estaban cubiertas por una
máscara inexpresiva, inhumana, de color violeta. El conjunto les
daba a aquellos seis monjes de pesadilla una macabra homogeneidad,
hasta el punto de que no se distinguían lo más mínimo
unos (¿o unas?) de otros (u otras). Se encontraban todos brazos
en alto, como en éxtasis, rodeando el enorme monolito situado
en el epicentro de aquel claro, pronunciando al unísono aquellas
perturbadoras palabras en latín:
“Mors non finis est. Inertes corpores rebellate, in novae vitae
lucem ambulate. Deum nostrum aeterne adorate.”
Gregorio creyó entenderlo todo. “Nigromantes... hechiceros,
magos negros capaces de hacer volver a andar a los muertos.
Dios, pensaba que sólo existían en los juegos de rol. Esto me supera...
La muerte no es el fin. Alzaos, inertes cuerpos, andad hacia
la luz en una nueva vida. Adorad eternamente a nuestro... dios.
Ahora ni siquiera me hace falta saber latín para comprenderlo.”
Algo hizo desviar al adolescente de sus pensamientos. No fue
ni el angustioso crescendo del ritmo de los temblores bajo su
cuerpo ni el súbito aumento de intensidad de la roja luz emanada
por las inscripciones del monolito, ni el hecho de que todos
los cadáveres allí congregados, antes inmóviles, alzaran los brazos
en signo de devoción. Más allá, justo frente a su posición, entre
el silencioso público, observó una pequeña figura esmirriada
de niño que le era familiar. Era, sin ninguna duda, su primo
Tom.
Gregorio no quiso atender a conclusiones racionales... de todas
formas, demasiado apaleado estaba ya su raciocinio. En su
lugar, prefirió atender al primer impulso que le vino a la mente:
salvar a su primo. Sin pensarlo dos veces, el joven se levantó e
irrumpió en el centro de aquel claro embistiendo y apartando
con facilidad al nutrido grupo de muertos que le obstruían el paso.
Pasó impasible junto a los seis macabros sacerdotes en éxtasis
repitiendo una y otra vez sus oraciones con diablescas voces brazos en alto. Empujó sin esfuerzo a un par de zombis que le
separaban de su primo.
-¡Tom! –exclamó Gregorio, casi enloquecido- ¡Tom, Tom! ¿Estás
bien?
-...
El muchacho cogió por los hombros a su primo tras bajarle
los brazos, observando con horror su inerte rostro, sus vidriosos
ojos. Contemplando la inconfundible muerte en la cara de su primo.
-¡Tom! ¡¡Tom!! –Gregorio rompió a llorar copiosamente, sacudiendo
el inmóvil cadáver erguido de Tom- ¡¿Qué te han hecho?!
-...
-Buen trabajo, nuevo acólito.
El lloroso adolescente se sobresaltó al escuchar una nueva
voz detrás suyo, una voz humana como de hombre viejo. De repente
volvió a la realidad como si le hubieran pegado una bofetada;
se fijó en que la tierra ya no temblaba, el monolito ya no
brillaba y ya ningún zombi levantaba los brazos al cielo. Se
volvió, y observó sorprendido como los seis monjes enmascarados
le miraban directamente a un par de metros de su posición;
aún más aterradores bajo el tenebroso manto de la noche apagada,
pero sin emitir aquella voz antinatural.
-¿¡Quién coño sois vosotros?! ¿¡Qué demonios le habéis hecho
a mi primo!?
-Tu primo ha hecho un buen trabajo trayéndote hasta aquí. –
habló uno de los monjes, esta vez con voz de anciana- Nos fue
fácil capturar a un niño como él, pero dudábamos de poder también
contigo.
-Debes alegrarte, joven, pues ahora te unirás a tu primo en
nuestro culto a Necro, entidad todopoderosa más allá de la vida
y la muerte. –Habló otro de los monjes, con ronca voz de hombre-
La única respuesta al humano deseo de inmortalidad de la
carne.
-¿¡Qué demonios estáis diciendo?! –replicó Gregorio, fuera de
sí- ¡Estáis locos! ¡Locos!
-Pronto sucumbirás a la verdad, muchacho. –volvió a hablar el
primero que se dirigió a él- Pronto serás uno más de nuestro rebaño,
adorarás a nuestro dios como todos nosotros y juntos con seguiremos algún día despertar a la durmiente entidad todopoderosa
de su sueño.
-Juntos lograremos el resurgir de Necro sobre la tierra. –las voces
de los seis monjes se juntaron en una formándose de nuevo
aquella frecuencia antinatural, demoníaca, que tanto había atemorizado
antes a Gregorio- Juntos lograremos la vida eterna universal.
Gregorio, lloroso, febril y enloquecido, se lanzó violentamente
contra aquellos seis demonios de forma humana autores del
pandemónium de pesadilla que, a lo largo de dos interminables
días, había cambiado su vida para siempre.
No tuvo ocasión de llevar a cabo su objetivo. Súbitamente, la
muchedumbre de cadáveres animados que permanecían inmóviles
detrás de él volvió al movimiento, avanzaron prestos hacia el
muchacho y lo retuvieron con inusitada energía, cortaron el
avance del sorprendido joven a escaso medio metro de aquellos a
los que pretendía destrozar sin piedad. Uno de los monjes, delicadamente,
se sacó un pañuelo húmedo de debajo de la túnica y
taponó con él las fosas nasales de Gregorio. Murió rápidamente,
envenenado.
-Ahora levántate, cuerpo inerte, camina hacia la luz de una
nueva vida.
Epílogo
Amaneció en aquella apacible región de Tavernes de la Valldigna,
comarca de La Safor.
Finalizados los ritos de adoración a Necro, los cadáveres se
diseminaron de nuevo y volvieron a su inocente posición desparramados
sobre la tierra, inanimados.
Los seis sacerdotes activaron el motor de agua antes de marchar
de nuevo en busca de nuevos acólitos, de cementerio en cementerio.
La rutina volvía por fin a los abandonados huertos de aquel
pacífico lugar. Los cuerpos volvían a enterrarse de nuevo bajo el
fango a la espera de cumplir, como cada noche, con sus ritos ancestrales.
Los monolitos yacían de nuevo apagados, sepultados
bajo la arena a la espera de elevarse de nuevo al atardecer, ávidos
de servir de conexión entre dios y hombre, vida y muerte.
Sólo el tiempo determinará si alguna vez la secta de Necro logra
el resurgir de su monstruosa divinidad desde las entrañas de
la tierra. Sólo el tiempo conseguirá que se detengan a tiempo los
maléficos ritos de aquella orden olvidada o, por contra, se realice
el advenimiento del ente que lo cambiará todo para siempre.
VIII – Perpendicular
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Manifiesto perpendicularista
Mucho se ha divagado acerca de las dimensiones paralelas, la existencia de
otras realidades alternativas a la nuestra. Mucho se ha hablado, sin duda, aunque
poco es lo que de ello se ha escrito. Encerrada en una cárcel de estéril escepticismo,
la ciencia siempre me ha dado la espalda a mí y también a mi
mentor y colega Josh desde que decidimos encauzar nuestras carreras hacia
algo menos tangible o mensurable, hacia algo... sobrenatural.
Encerrados en sus laboratorios de pacotilla, nuestros colegas se conforman
con medir la cantidad de saliva que segrega un perro después de un condicionamiento
clásico, observar estrellas por el telescopio o registrar datos acerca del
supuesto cambio climático que se sucede en nuestro planeta. La ciencia, que
surgió al principio de su historia como una forma de buscar explicaciones a lo
inexplicable, empieza a convertirse en algo totalmente diferente a su viejo espíritu.
Nosotros, Josh Hawking y Steven Miller, rechazamos el llamado modelo
postmoderno de ciencia, ese canto al conservadurismo y la estupidez humana.
Nosotros vamos más allá, y sé que lograremos iluminar el mundo con nuestras
explicaciones a fenómenos que incluso hoy, en pleno año 1976, siguen siendo
un misterio. Soy consciente de que, probablemente, quien esté leyendo esto no
conocerá nuestros nombres. También he de asumir que ya nadie recordará el libro
“Dimensiones Paralelas” de mi maestro y compañero, editado el año 1923,
ni “Otras Realidades”, obra conjunta de Josh y mía, el 1967. Ambos, rechazados
por el mundo científico y proscritos por la Iglesia.
Hawking y yo hemos dedicado toda nuestra vida al estudio empírico de los
fenómenos llamados paranormales. Hemos recogido multitud de datos, desechado
la veracidad de otros tantos, e intentado establecer relaciones entre ellos.
Mi mujer no me habla, mi hija nos abandonó, y a mi maestro Josh Hawking su
familia lo quiere llevar a un asilo. Estamos completamente solos en el estudio
de lo que algunos llaman “parapsicología”, pero nuestra voluntad es inquebrantable.
Solamente cuando un científico renuncia al cariño y a la amistad, se



 

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